ME TIRÉ A UN PROFESIONAL
Soy Daniela, divorciada y en una relación actual. Mi cabello es lacio, largo, oscuro, me gusta llevarlo en una cola de caballo. Mi piel es clara. Sé que soy bonita. Tengo piernas largas, una bonita cintura, y unos pechos llenos, redondos, con grandes pezones. Aunque mi esposo actual es de buena posición social y económica, yo trabajo como secretaria en un despacho de abogados.
Y quiero empezar por contar una de las más locas aventuras que he corrido: la ocasión en que me tiré a un chico profesional.
Con mis amigas ya he estado en esos shows que se montan solo para mujeres. Pero me es más excitante estar en los bares para mujeres en los que los meseros son chicos atractivos, fornidos que andan solo en trusas ajustadas. Reunidas en grupo, juntas, las amigas nos dábamos ánimos para incursionar en esos bares y distraernos un rato de nuestros quehaceres diarios. Animadas por ser varias nos hacemos chistes subidos de tono y aprovechamos para dar una y otra caricia a los chicos, en sus torsos, en sus traseros apretados, o acariciarles como sin querer su paquete. O bien robarles un beso apretándonos contra de ellos, frotándonos contra el bulto de su entrepierna que llevan duro y sugerente, mientras ellos aprovechan para darnos un buen apretón en el trasero.
Pero más allá de esos besos y manoseos, generalmente nuca pasa nada a mayor cosa. Aunque habíamos pensado y nos dábamos ánimos para llevarnos a uno de esos chicos a la cama, nunca una de nosotras se había animado realmente a proponerle a uno de ellos darse un acostón.
El día siguiente a una de esas noches de parranda, que fue un viernes, empecé a fantasear en cómo sería el tirarme a un chico así de atractivo, uno de los que se anunciaban como "compañía para damas” en los diarios y en los anuncios en Internet. En fin que si antes había pasado solo viendo esos anuncios, ahora tomé el diario de mi esposo y me puse a curiosear con más detalle los anuncios. En una libretita, sin que mi marido pudiese ver, anoté los nombres y teléfonos de cinco de esos chicos que decían dar satisfacción garantizada.
Desde mi celular llamé a los cinco, les pregunté su edad, el precio y la duración de sus "atenciones". Traté de hacerles la plática para, guiándome por su voz y su trato, inclinarme por alguno de ellos. Mi elegido fue un tal Hernán. Su voz era muy varonil contestando muy gentil a mi plática. Le volví a llamar y precisé más mi interés, él me aseguro su total discreción y, por supuesto, mi satisfacción. Total que quedamos para vernos en el bar de un hotel céntrico, entre semana, una hora después de mi salida del trabajo. Le pedí que llevase un clavel blanco para reconocerle. Los días me los pasé en una ansiedad que solo pensaba en cómo me entregaría a él, cómo me haría suya, si sería cariñoso o salvaje al tomarme. Fantaseé en cómo serían sus manos, su boca, el color de sus ojos.
El día fijado a mi esposo le inventé, como acostumbraba cuando me era necesario, que tendría mucho trabajo y que saldría tarde de la oficina. Para la cita me preparé llevando en mi bolso lencería y ropa provocativa. Si bien él iba dispuesto a satisfacerme, yo deseaba provocarle, seducirle, gustarle y que deseara poseerme. Por teléfono desde la oficina había reservado una habitación. Llegué con antelación para subir al cuarto, cambiarme y retocar mi maquillaje. Había seleccionado una falda de color marfil, larga a mis rodillas y una blusa azul abotonada al frente, con un conjunto de lencería de color lila transparente. Con tacones altos y medias negras de liga, con mi cabello en una cola de caballo, me miré al espejo después de maquillarme ¡estaba lista! Con unos lentes obscuros, grandes, bajé al bar a esperarle. Mi idea era estar antes que él, medirlo cuando entrara, para decidir si me gustaba para tirármelo o me echaba para atrás.
Total que allí estaba yo, en el bar en penumbras, tuve que quitarme los lentes porque no veía nada. Pedí una cuba y me senté en una butaca en la barra. Si bien varios de los que estaban me miraron, ninguno se atrevió a acercarse a mí o, más bien, cuando alguno se hubiera atrevido yo ya estaba colgada de mi "acompañante".
Venía vestido con un pantalón de mezclilla desteñido, una camiseta azul oscuro y un saco deportivo beige. Llevaba el clavel blanco en el saco. Más bien alto, con un caminar seguro, su cabello oscuro bien peinado, su piel bronceada, sus manos grandes, sus ojos claros. Me cautivó y, antes de que pudiera decidir si me lo llevaba a la cama o no, él ya estaba a mi lado.
-¿Daniela? -me preguntó con su voz varonil. -Uh... -me quedé como tonta, sin saber qué decir y con la copa a medio camino de mis labios. -Me da gusto conocerte, estás preciosa -me dijo mirándome a los ojos. -Este... -estaba como ida ante ese espécimen de macho que era un cuerazo. -¿Deseas estar aquí un ratito, o deseas ir a alguna otra parte?
Yo lo que deseaba era olvidarnos de todo tipo de formalidades y que me tomara en sus brazos y me hiciera suya.
-¿Cómo sabes que soy yo? -una pregunta estúpida pero mi mente se había quedado en blanco. -Bueno, eres la única que está sola. Y una mujer así como tú nunca está sola a menos que lo desee.
-Pero, podría estar esperando a... alguien, a mi marido por ejemplo. -Podría ser, pero entonces me perdería de poder acompañarte está tarde ¿no?
Sentí que mis rodillas me temblaban, sentí que me derretía. No me pude contener, abrí mis labios y se los ofrecí. Galantemente se inclinó, me tomó de mi barbilla, cerré mis ojos, y me besó brevemente. Solo hizo que me diera sed. Sin inhibiciones me colgué de su cuello y le atraje para besarle. Me abrazó por la cintura, nuestros labios se fundieron y metí mi lengua dentro de su boca para tocar la suya. Estaba que ardía, no me aguantaba para llevármelo y estar a solas con él.
-Vamos, he alquilado un cuarto para que estemos juntos -le dije tomándolo de la mano. -¿No quieres terminar tu copa? -No importa, lo que quiero es tomar otra cosa.
De la mano subimos a la habitación, yo sentía que me mojaba toda ya. Me pude comportar adecuadamente hasta en tanto no se cerró la puerta del cuarto. Era mi momento de comerme a ese príncipe salido de algún cuento de fantasía. Ansiaba ya estar envuelta en sus brazos, sentirlo en mí.
-¡Tómame!, hazme tuya, soy tuya -me ofrecí.
Me arrojé a sus brazos buscando su boca con mis labios. Me estrechó fuerte, pegándome a su cuerpo. Mis pechos rozando su torso y mi vientre buscando frotar el bulto que se levantaba en su pantalón. Sus manos expertas recorrieron mi cuerpo, las deslizó sobre mi sostén, y las dejo resbalar sobre mi trasero, sobándome y metiéndose entre mis glúteos.
Sin dejar de besarnos y acariciarnos nos acercamos a la cama. Entre jadeos de deseo le quité el saco y desabroché su pantalón mientras él desabotonaba mi blusa. Metí mis manos dentro de su trusa, buscando su miembro. El hizo a un lado mi blusa dejando mis pechos solo cubiertos por el sostén, levantó mi falda y una de sus manos se hundió en el medio, buscando mi raja. Un gemido de placer se me escapó cuando sujeté su pene, duro, grueso, grande. Cuando su mano se encontró dentro de mi panty y dos de sus dedos se introdujeron en mi conchita cerré los ojos dejándole hacer, sintiendo ya que me corría. Mientras yo sujetaba su pene, él me frotaba con delicadeza pero al mismo tiempo con fuerza.
-Quiero hacerte mía -me dijo sin dejar de meterme sus dedos. -¡Quiero ser tuya! –le dije anhelante -Pero espera, quiero gozarte, quiero que no acabe el tiempo.
Sus pantalones cayeron al suelo y le empujé para recostarle en la cama. Tomé su trusa y se la quité dejando para mi asombro su verga erecta, depilada, con grandes bolas, ansiosa por darme placer. Terminé de despojarme de mi blusa y dejé caer mi falda, me puse en el medio de sus piernas y me incliné.
-Quiero chupártela -le dije.
Saboreé con mi lengua la cabeza de su pene, dándole pequeños besos, deslizando mi lengua por toda su longitud. Después ya desenfrenada me metí su pene todo dentro de mi boca y me puse a chupárselo. Le di una mamada de campeonato.
-Qué rico chupas Danny -me decía mientras me presionaba la cabeza hacia su polla -, chúpamela más.
Después de unos minutos que para mí fueron un deleite de saborear su pene, me monté sobre de él.
-¡Estás rico papi! -mi mente estaba embotada y no atinaba a saber qué decir. -¿Quieres que me ponga un condón? -me preguntó gentil. -No, quiero tenerte así papacito, sentirte todo y sentir cuándo te corras dentro de mí, no te preocupes, ya tomé precaución antes - le contesté fuera de mí, pues la precaución no estaba de más.
Me monté sobre él, tomé su miembro y lo coloqué en posición para penetrarme, frotando ligeramente la cabeza de su pene contra los labios de mi vulva, y me dejé resbalar hundiéndome todo su miembro dentro de mí, hasta la base. Me sentí delirar, era enorme y era un placer tenerlo dentro. Me incliné dándole mis pechos. Bajó mi sostén y me chupó delicioso con su lengua y su boca succionando mis pezones.
-¡Así papi, así! -le repetía mientras él me sujetaba de las caderas y yo me frotaba contra su pene. -Estás buenísima Danny -no dejaba de decirme él.
Así estuvimos un rato, morreándome con todo su miembro empalmado y chocando contra mi botoncito.
-Quiero que te subas arriba de mí y que me penetres tú -le dije. -Lo que tú quieras preciosa.
Cambiamos posiciones, dejándome a mí recostada en la cama, abriendo las piernas con él en medio. Tomé su pene y lo guié hacia mi interior. Para esos momentos estaba yo que ya no me contenía. En él sin embargo se adivinaba al profesional acostumbrado a tomar mujeres, con un ritmo pausado, sin detenerse entraba y salía de mi dándome oleadas de placer. En dos ocasiones le empapé viniéndome cuando me la metía, deleitada de sentir el peso de ese macho sobre de mí, inmovilizándome.
-Papi ¡qué rico estás! ¡Dame más! ¡Así, así! -le exigía yo. -Lo quieres ¿así? ¿Todo? -jugaba él. -¡Así papacito! ¡Así quiero que me cojas! ¡Mucho! ¡Métemela más!
Entre la calentura de mi cuerpo recibiendo el bombeo de él, mi mente iba obsesionada preguntándose a cuántas mujeres ya antes habría hecho gozar así, cuántas mujeres se le habrían entregado antes como lo estaba haciendo yo ahora, cuántas mujeres le habrían recibido entre las piernas sintiendo el cielo cuando él las penetraba. Sintiéndose tan putas como yo me sentía ahora recibiendo a ese semental entre mis piernas.
En algún momento su bombeo aumentó de intensidad, mientras él me embestía yo levantaba mi trasero para hacerle más fácil hundírmela más, llegar más al fondo de mi vientre, hasta sentir la base de su pene deteniendo su entrada, y sus bolas pegando delicioso entre mis piernas. Su respiración se aceleró, se puso tenso y duro dentro de mí. Me aferré a su espalda abrazándolo con mis piernas, con mi cara pegada a su torso, saboreando su sabor, sintiendo su calor, oliendo su loción masculina.
-¡Ahora papi! ¡Dámela! ¡No te detengas! ¡Quiero sentirte!
En una ola exquisita de placer sentí su verga descargarse en mi interior. Uno tras otro chorro de su semen cálido disparándose dentro de mi vientre, inundándome toda, haciéndome suya.
-¡Ah! ¡Sí! -gritamos los dos casi al mismo tiempo.
Se quedó así un momento y después, exhausto, se dejó recargar sobre de mí. Yo estaba que no cabía en mi calentura.
Así nos quedamos los dos, reposando. Con su miembro aún palpitando dentro de mí. Las dos horas de nuestro encuentro se me habían ido sin sentir, o mejor dicho, sintiéndolo todo. No me animaba a despedirme, a levantarme de la cama, dejándole. Solo pensando que mi esposo me estaría esperando en casa.
Le besé con pasión, deleitándome de nuevo metiendo mi lengua en su boca, jugando con su lengua. Me apretó por el trasero respondiendo a mi beso. Sin más remedio me levanté. Tomé un baño, me vestí con el traje sastre que había llevado durante el día en la oficina, me maquillé un poco para no despertar sospechas en mi marido. Con un último beso me despedí de él dejándole el pago por sus servicios de compañía en el buró. El se quedó en la cama, dejando caballerosamente que yo saliera antes del cuarto.
Otras cuatro ocasiones he vuelto a verle, y sus atenciones han sido igual de satisfactorias que esa primera vez.