LOS RELATOS DE LOS VAGOS

Estos hechos que se narran son reales. Tuvieron lugar en el sur de España hace unos años. Le ocurrieron a mi vecino y a su mujer. Sé que es costumbre decir que le ha pasado a otro lo que le ha ocurrido a uno mismo, pero no es éste el caso. No ganaría nada con ello ya que tú, lector, no nos conoces ni a mí ni a ellos y no creo que nos conozcas nunca. Pese a ello, los nombres no son auténticos. Lo que se cuenta comenzó cuando llevaban solamente un año de casados, luego, al cabo de unos meses, ella se lo contó a su marido y unos pocos años más tarde él, mi vecino, me lo contó a mí. Unos días más tarde le hablé de los foros de Internet donde personas cuentan sus aventuras, unas reales y otras inventadas, y le sugerí narrar lo sucedido. Al principio no supo qué decirme y posteriormente me dijo que lo había comentado con su mujer y que tuvo un pequeño problemilla con ella ya que supuso tener que descubrir que me lo había contado a mí, cosa que ella no sabía, y después le costó un poco a ambos hacerse a la idea de dejar constancia "física" de aquello, ya que hasta ahora sólo había sido hablado. Finalmente su mujer aceptó e hizo falta además recurrir a su memoria para reconstruir algunas lagunas en el relato que me hizo inicialmente mi vecino ya que él no había vivido todos los pasajes y ella así. La sorpresa para mí fue cuando me pidieron que lo escribiera yo, ya que a ninguno de ellos se le daba muy bien expresarse por escrito.
Por eso, hoy, el ponerlo por escrito lo hago con el consentimiento de ellos y quieren que una historia que consideran tan excitante no muera ignorada y, asegurándose de que nadie identificará nunca a los protagonistas, al menos perdurarán los hechos.
Yo, narrador, por mi parte sólo tengo que manifestar que esto no se escribió en un solo día, sino en varios, que no se escribió ordenadamente, sino que se intercalaron hechos y se reordenaron alguna vez, que lo escrito fue supervisado por el matrimonio y lo retocaron en donde no era así. También he de advertir que aunque puedo haberlo hecho un poco más literario al imaginar algunos diálogos que los propios protagonistas no recuerdan, sin embargo no se han cambiado los hechos ni la esencia de los mismos. Aunque sea con mis palabras, he procurado describir las emociones y sensaciones que ellos me han explicado que tuvieron. Y, por último, que si para ellos fue excitante vivir aquella historia, para mí lo fue escucharla de sus labios, especialmente de la de ella, ya que no todos los días se escucha de boca de una vecina joven y atractiva cosas como éstas. Y ahora, empecemos la historia.
Mi vecino, digamos Eduardo, es un chico que yo calificaría de normal en todos los sentidos, ni alto ni bajo, ni guapo ni feo, moreno, y más bien tímido y callado. Tiene un trabajo con el que gana un sueldo aceptable, el cual sumado al de Encarni, un poco más bajo, les permite tener una casa en una urbanización de nivel alto. Encarni también es una chica normal, rubia, de una estatura media y lo que más destacaría de ella es su cara dulce. Es todavía más tímida que su marido, de las que nunca quieren molestar y hablan bajito. Yo diría que está muy buena si te fijas bien en ella, y quiero decir con eso que, a primera vista no lo haces porque parece una niña buena, un angelito bajado del cielo y parece que no procede dedicarle una mirada que a veces echas a otras mujeres que te encuentras por ahí, más espectaculares. Luego, poco a poco, te vas fijando y dices ¡caray! vaya culo que tiene Encarni, no me había dado cuenta, otro día la encuentras en la piscina y dices, ahora que la veo en bikini, menudas tetas tiene.
Bien, pues Encarni trabaja en una oficina en otra población cercana a la nuestra y todos los días ha de estar fuera, viene solamente por la noche. El que sí viene a casa a mediodía para comer es el marido. La oficina de Encarni está en una calle donde un día a la semana (que no diré cuál es) ponen un mercadillo y ella se entretiene en la hora de la comida, tras comer, en hacer algunas compras y ojearlo todo.
Uno de los puestos habituales del mercadillo es el de Paco el Gitano, al cual llaman así pese a no ser de esa raza, aunque sí hay otros puestos que son propiedad de gitanos. Paco es bastante mayor que Encarni, casi podría ser su padre por edad, ya que cuando empezó la historia Encarni tenía 22 años y él tenía el doble. Es moreno, tiene la piel muy oscura por el sol y el aire de la vida ambulante, tiene los dientes muy blancos (según me cuentan, ya que no lo he visto nunca), y está un poco gordo, sobre todo tiene esa barriga que llaman "la curva de la felicidad". Con Paco está siempre su mujer, Pilar, tan morena como él, un poco entrada en carnes como él y muy "jamona". Una mujer espectacular ya que gusta siempre de llevar grandes escotes, labios muy pintados y ropa muy ajustada.
Encarni se para habitualmente en este puesto a hablar con los dos y a comprar algunas cosas a veces. Paco vende ropa interior: calcetines, medias, bragas, calzoncillos, sostenes, y también bañadores y bikinis según la época. Paco es un hombre poco refinado y más de una vez sofocó a Encarni con sus comentarios, habiendo siempre de ser Pilar quien acudiera a protegerla y echarle la bronca a Paco, que acaba riéndose a carcajadas bien sonoras. Encarni terminó por acostumbrarse a aquellas bromas y no se encontraba incómoda con ellos.
Por ejemplo, el primer día que Paco le dijo como saludo: "Hola coñico, ¿cómo estamos hoy?" Encarni creyó morirse de vergüenza y se puso roja como tomate. Pilar llamó burro a su marido y éste, tronchándose, decía "¿Es mentira acaso? ¿no es un coñico tierno? ya ves tú, con veintipocos años... ¿qué puede ser? que se lo pregunten al marido a ver si tengo razón o no...". Al final, semanas después, Encarni estaba acostumbrada a que le hablara así y no le molestaba; sobre todo porque no era a ella sola, lo hacía con todas las clientes con las que tenía un mínimo de confianza. A ella la llamaba "nena" unas veces, sobre todo cuando habían desconocidos presentes, y "coñico" cuando los que habían era más o menos de confianza.
Una vez, cuando llegó, le dijo "nena, tengo una cosa que te va a encantar". La cosa eran unas bragas tanga de las que la parte de atrás es un simple hilo. Cuando se las mostró, Encarni se sofocó un poco de que fuese un hombre quien le cantara las excelencias de un producto así, pero nadie parecía prestar atención. Pilar atendía a otras clientes. "esta noche, cuando te las pongas, tu marido te va a echar un polvo que se va a partir los riñones empujando". Encarni protestó sonrojada y con una risa nerviosa, pero acabó llevándose la prenda. Efectivamente, Paco tuvo razón, y aquella noche Eduardo se excitó como un toro cuando la vio y tuvieron un polvo especialmente intenso. Cuando a la semana siguiente volvió Encarni al puesto, lo primero que le dijo Paco fue "buenos días, coñico ¿cómo te fue con aquello?" Encarni sabía perfectamente a lo que se refería, pero prefirió hacerse la tonta y cambiar de conversación, pero Paco no se daba por vencido así como así "nena ¿me oyes? que cómo te fue con las bragas que te vendí..."Encarni, la angelical Encarni, tuvo un acto de rebeldía, de osadía, no quería quedar como siempre por una mojigata y se extrañó oyéndose a sí misma decir: "me fue estupendo, pasó como usted dijo, señor Paco, mi marido me echó un polvo que casi me parte por la mitad". Y cuando esperaba que Paco se escandalizara de oírle hablar así, se llevó un chasco porque la reacción fue de lo más comercial. "¿Lo ves? género garantizado, Paco el Gitano sólo vende productos de primera calidad". La otra sorpresa le vino de Pilar que estaba escuchando y le dijo con toda naturalidad: "di que sí, nena, el coño hay que utilizarlo a menudo, que si no los hombres se buscan otra cosa por ahí" y siguieron cada uno a lo suyo. En aquel momento, Encarni comprendió que para aquella gente el sexo no era algo tabú como para ella, sino algo natural de lo que se hablaba como si fuese del sándwich del mediodía o de la gasolina que había que echarle al coche. Y sintió una gran envidia. Un día cuando estaba por llegar el verano, Paco le dijo: "coñico, tengo algo que te va a encantar, mira..." eran unos tops de colores, de esos cortos que dejan el ombligo al aire. "Pruébate alguno, anda". El probador era, como suelen ser esas cosas en los mercadillos, un habitáculo en la parte de atrás del puesto, con un espejo y cerrado por sábanas cogidas a tubos metálicos y comunicado con el puesto a través de una abertura que se cerraba con otra sábana a modo de puerta o cortina. Encarni escogió dos o tres de los colores que más le agradaban y paso al probador, cerrando lo mejor que pudo la cortina. Se quitó la camisa y se dejó puesto el sujetador. Luego se colocó el top que era blanco y semitransparente. Estaba mirándose al espejo cuando asomó la cabeza de Paco entre la cortina. "¿Qué, coñico, cómo te queda?" la primera reacción fue de echarle fuera pero inmediatamente después recordó la naturalidad de aquella gente para todo eso y se contuvo para no parecer ridícula. "No sé, no me convence mucho..." "Quitarse el sostén con Paco delante fue embarazoso y excitante, pero no fue difícil porque Encarni tenía experiencia, como casi todas las mujeres, en soltarlo y sacarlo por una manga, por lo que no fue necesario enseñar nada. Con habilidad, Encarni hizo zas, zas y listo. Pero luego se miró al espejo y... ya no recordaba que el top era casi transparente. Le estaba precioso, ella tenía una cara preciosa, y... se le veían unos preciosos pezones. Se sintió muy incómoda, sin saber qué hacer, qué decir. Pero no hizo falta, el que dijo algo fue Paco: "coñico, estás para mojar pan, cuando te vean se le va a levantar a más de uno, aunque no sé... se te ven mucho las tetas" y cuando pensaba que Paco iba a intentar aprovechar la situación para sobrepasarse, volvió a sorprenderla. Sacó la cabeza y llamó a Pilar. Cuando entró su mujer, Paco le dijo "mira al chochete, qué bien le sienta". Pilar se quedó mirándola fijamente y dijo "sí... pero no. Una niña tan rubia y tan blanquita, a ver, vamos a ver... levanta los brazosMientras que Pilar cogía un top rojo Encarni hacía la estatua con sus pezones de punta apuntando a Paco, que la miraba sin cortarse un pelo, pero con toda naturalidad, como el que mira apreciativamente un caballo, una casa o un coche que le gusta mucho. Pilar le puso el top rojo, le acomodó las tetas en él sin ningún empacho, la cogió de los hombros, la giró y la puso frente al espejo. "A ver ahora". Encarni balbuceó.. "sí, es bonito,..." pero sin saber ya lo que veía y sintiendo y pensando cosas muy raras que no sabía explicar.
Entonces fue Paco quien mostró su disconformidad. "Pilar ¿estás loca? ¿tú crees que se va a poner una prenda que además de ser transparente sea roja? ¿la quieres vestir de puta o qué?". Pilar estuvo de acuerdo en que no era apropiado. Encarni se probó dos o tres más, de modo que el estar en tetas delante de ellos se convirtió en lo más normal del mundo. Al final el matrimonio alcanzó consenso con un top azul marino, que aunque era también algo transparente, resultaba más discreto y los pezones ya solamente se veían como unas manchas oscuras. Encarni se miró al espejo y se encontró preciosa. Además se sentía libre, le encantaba haberse mostrado semidesnuda delante de Paco y Pilar. "¿Qué tal? ¿Cómo te ves?" preguntó Paco. "Me encanta" dijo Encarni. "¿Te sujeta bien el pecho o se te queda muy suelto?" inquirió Pilar. "No sé, creo que bien". "A ver..." al tiempo que decía esto, Pilar le cogió las tetas y las sopesó, intentando adivinar el movimiento que podrían tener al moverse Encarni sin sostén. "Mira tú..." e invitó a su marido a probar él.
Paco hizo lo mismo que su mujer, pero se puso detrás de Encarni, de frente ambos al espejo, pasó los brazos por debajo de los de ella, le cogió una teta con cada manaza y las agitó. "¿Sueltas? ¿sueltas? ¿de qué se van a quedar sueltas? unas tetas tan duras y tan jóvenes como estas se quedan bien aunque sean desnudas.
"Bueno, venga, sobón, no se las toques más que se las vas a magullar. Y vuelve a atender el puesto..." Pilar echó al marido del probador y se quedó ayudando a Encarni a recoger las prendas sueltas. "Qué bruto que es, Señor, mira que ponerse a movértelas...¡para que te las quiebre!".
Encarni se encontraba en otra dimensión, otro mundo, no sabía muy bien lo que ocurría. Bueno, sí sabía algo. Sabía que por primera vez otro hombre además de su marido le había visto y le había tocado las tetas. De lo demás no se daba cuenta. Por eso no se dio cuenta tampoco, hasta que volvió a la oficina, que estaba húmeda, muy húmeda.
Aquella noche Encarni sentía remordimientos, quería hablar con Eduardo, decirle lo que había pasado, pero naufragaba en contradicciones. Para aquella gente todo era natural, por eso Paco había llamado a su mujer, si hubiese pretendido aprovecharse de ella no la habría llamado, además ella podía haberle dicho que se fuese y él lo habría hecho al instante, de eso no tenía la menor duda. Si había culpa de algo era de ella, por no saber oponerse o resistirse. Si se lo contaba a Eduardo habrían problemas, seguro, y graves. Y seguramente para nada, porque con ello no iba a evitar nada. Si quería evitar algo, le bastaba con decirlo a Paco y Pilar, sin más. Por eso, al final decidió callarse y volver a su vida normal.
Efectivamente, todo fue normal los meses siguientes. Paco gastaba sus bromas, Pilar era tan protectora como siempre con ella,... y nada más. Pero en el otoño, el 11 de Octubre, el puesto del mercadillo era una fiesta. Paco había puesto banderitas de papel y tenía en una nevera portátil varias cervezas de litro para invitar a los clientes porque al día siguiente era el santo de la jefa. Encarni también se tomó una cerveza en un vaso de plástico y unas almendras saladas. Paco estaba muy alegre y Pilar también, porque ya habrían bebido más de dos y más de tres.
Encarni le llevó a Pilar un adorno para la casa, era un jarrón con flores de cerámica muy bonito. Pilar se quedó maravillada y agradecidísima. Se empeñó en regalarle a Encarni unas medias nuevas que había recibido y la invitó a probárselas en el probador de marras para que eligiese el tono que más le gustase. Además, advirtió a su marido "y tú, sinvergüenza, que no se te ocurra ayudarle a decidir esto, que es muy íntimo ya para ti". Paco protestó entre risas diciendo que él era un caballero y que si tal y que si cual...
Encarni no sabía muy bien si Paco intentaría entrar o no, y en el caso de que lo hiciese, tampoco sabía lo que debería hacer. Pero Paco fue un caballero, como había dicho, y ni lo intentó. Encarni se sintió aliviada aunque, si era sincera, cuando se miró desnuda de cintura para abajo antes de probarse las medias, también se sintió un tanto decepcionada. Se miró a los ojos, se miró al sexo, se sonrió al espejo y se dijo: "te estás volviendo un poquito puta, cariño". Y empezó a meterse las medias. Y entonces ocurrió algo...
Oyó un ruido como si alguien hubiese abierto un grifo en la parte de atrás del puesto, aunque sabía perfectamente que en aquel solar no había agua corriente. Entonces no pudo evitar la tentación de mirar a través de las rendijas de las sábanas que formaban el probador y vio a Paco. Estaba a unos tres metros de distancia, en la callejuela que formaban las lonas de su puesto y el de al lado, que era de aceitunas, pepinillos, etc. Seguramente, la cerveza de la celebración del Pilar estaba haciendo su efecto y había ido a la parte de atrás a orinar. Encarni no pudo (ni intentó) evitar mirar el instrumento que Paco manejaba y con el que producía el efecto de un grifo de mucho caudal.
Y Encarni se quedó helada, aunque luego le entraron muchos calores. Paco tenía la polla más grande que Encarni había visto jamás, ni en revistas ni películas porno, ni en sueños. Es más, Encarni no sabía que podía haber una polla así. (Nota del narrador: en este pasaje, inicialmente escribí pene, pero al corregirlo, mi vecina se negó. Me dijo que aquello no era una pene, ni un pijo, ni una cuca, ni una verga,... tenía que decir polla y aún así no encontraba una palabra que la definiese correctamente. Quizás habría que inventar alguna palabra nueva. ¿Me imaginan ustedes a mí escuchando aquello de mi vecina, delante de su marido, con su angelical carita?)La polla de Paco era enorme, gigantesca, tanto en longitud como en grosor. Pese a no estar en erección Encarni calculó que la parte que sobresalía, colgando, de la bragueta de Paco tendría al menos unos 20 centímetros. En cuanto al grosor, era más gorda que la muñeca de su marido, y tendría unos 7 u 8 centímetros. Encarni se quedó fascinada mientras duró el espectáculo que no fue corto pues Paco orinó como un caballo, según palabras de Encarni. Cuando acabó, hizo lo que hacemos todos... sacudirla. Y entonces ya mi vecina sintió la boca seca, latidos muy fuertes en los oídos, y la humedad que le había desaparecido de la boca le apareció en otro sitio. Cuando se dio cuenta estaba acariciándose el clítoris con dos dedos y respirando muy fuerte.
No llegó a correrse porque se dio cuenta de que llevaba mucho tiempo dentro, a toda prisa se puso las bragas, los pantalones, salió, eligió las primeras medias que se le ocurrieron, le dio las gracias a Pilar y se fue corriendo a la oficina.
Encarni sentía cosas que no había sentido jamás, eran instintos animales. Estaba encharcada. No hacía más que pensar en aquella polla monstruosa e imaginarse lo que se sentiría al verla levantarse, al cogerla ¿qué textura tendría, qué temperatura, qué dureza? Desde luego con su mano no podía abarcarla. ¿Y con la boca? ¿Sería capaz de metérsela en la boca? Ella tenía la boca grande, pero dudaba que pudiera abarcarla. Se asustó de darse cuenta de que estaba imaginándose chupándole la polla a Paco. Pero en seguido se marchó el susto y volvió la imagen de aquella monstruosidad, de aquella preciosidad, de aquella inmensidad. Inevitablemente, se imaginó sintiéndola dentro de ella. Por una vía y por otra. (Narrador: al igual que antes, instintivamente utilicé otras palabras, pero mi vecina me corrigió y me dijo que aunque le costase trabajo y le diese vergüenza decírmelo, pero yo tenía que poner las palabras que se ajustaban a su estado y su estado era el de un animal, una perra en celo. Si no se entiende esto, no se puede entender la historia. Ella estaba poseída por un deseo animal. Y ella pensaba en follar, no en hacer el amor; en pollas, no en penes; en coños, no en vaginas; en mamadas, no en felaciones...)Dicho esto, continúo diciendo que Encarni pasó la tarde en la oficina trabajando pero sin saber lo hacía. Pensando una y otra vez en qué se sentiría siendo empalada por Paco, tanto por el coño como por la boca o por el culo. Le daba igual el camino, lo que quería era "tragarse" aquello por donde fuese.
Cuando llegó a su casa aquel día, aquella noche mejor dicho, fue cambiarse de bragas. Lo necesitaba. Los días siguientes fueron muy extraños. A veces se encontraba eufórica imaginándose con aquella lanza entre las piernas, otras caía en depresión y se sentía sucia, adúltera, puta... Aquellas semanas fue al mercadillo en diferentes actitudes, unos días llegaba muy recatada y fría, como si Paco fuese culpable de algo y hubiese de castigarlo, otras se sentía mujer fatal dispuesta a seducirlo y se ponía ropa algo más provocativa de lo habitual. Un día loco que tocaba mercadillo, incluso, se quitó las bragas en el trabajo antes de bajar al puesto y ya no se las volvió a poner. No pasó nada, pero se sintió muy excitada de estar desnuda, debajo de la falda, junto a Paco y su instrumento.
Ni pasó nada ese día ni pasó nada ningún día. Paco seguía siendo tan bromista como siempre y nada más. Las únicas cosas que pasaban era en la mente de Encarni. Ahora, cuando le decía "coñico", ella pensaba cosas diferentes a cuando se lo decía al principio. Ahora iba al puesto deseando que le ofreciese alguna prenda nueva que probarse, pero no ocurría. Ahora intentaba ver dobles sentidos que no habían en las bromas de Paco.
Desde que Encarni conoció a Paco y a su mujer hasta ahora había transcurrido ya más de un año y desde que Encarni alucinó al ver la polla de Paco y vivía obsesionada con ella, algunos meses. Volvía a acercarse la primavera, empezaba a hacer calor, a sobrar la ropa, y las hormonas a alterarse. En Encarni se había ido operando un cambio: si bien su obsesión animal por imaginarse con Paco seguía igual, su relación con su marido se había ido tiñendo de remordimiento. Estaba convencida de que ya que aquello no desaparecía ni ella conseguía quitárselo de la cabeza, debía compartirlo con su marido. Y un sábado por la noche, en la terraza (la cual es contigua con la mía, qué pena no haberlo sabido para intentar oír o ver algo), Encarni tomó a Eduardo por la mano, se sentó junto a él y empezó a contarle todo.
Esta parte he de resumirla en la historia porque si ya de por sí es larga, aquí puede hacerse eterna. Fueron sentimientos muy intensos y variados por los que pasaron mis vecinos. Hubo muchas charlas, muchas discusiones, muchas lágrimas, mucho de todo, pero yo lo voy a resumir en dos hechos solamente: la primera vez que hablaron de ello y la digamos última antes del desenlace.
Aquel sábado, cuando Encarni terminó, Eduardo estaba llorando. Apenas habló, se fue a la calle y volvió muy tarde, a media noche. Me dijo que estuvo andando por la calle y llorando. Encarni también se quedó llorando en la terraza y luego seacostó. Estaba despierta cuando volvió Eduardo pero se hizo la dormida. Y eso fue todo ese día.
Ahora vamos con la última. Tenga en cuenta el lector que entre una y otra hubieron muchos días, cerca de dos meses, con discusiones y conversaciones a diario. Durante ese tiempo Encarni siguió visitando el mercadillo, pero sin que ocurriese nada destacable.
Encarni y Eduardo, tras cenar, se acostaron disponiéndose a dormir. Calor, mucho calor, ventanas abiertas. Eduardo intentó abordar el tema una vez más. "Encarni..." "Dime..." "Necesito entender..." "¿Otra vez?" "Sí, otra vez... ¿cómo puede gustarte un hombre que puede ser tu padre?" "No lo sé, pero en realidad no es que me guste él, me gusta su polla..." "¿Así de crudo lo dices?" "Es la realidad. Yo te quiero a ti, te necesito a ti y quiero vivir contigo. Si me dices que no vaya más por allí lo entenderé y no iré. Si me dices que puedo ir pero sin dejarle que se acerque a mí, así lo haré. Pero no me pidas que no piense en él porque ya lo he intentado y no es posible. No lo puedo evitar" "¿Es que no te gusta la mía?" "Cariño ¿por qué dices eso, claro que me gusta, además la tuya la amo, porque es mía. Lo otro es precisamente lo contrario, como no es mía, como es diferente, distinta, extraña, además de ser tan grande, me fascina. Siendo hombre deberías de entenderlo, vosotros sois normalmente más promiscuos que las muejres".
Aquí, según me contaron mis vecinos, tuvo lugar el cambio de rumbo de los acontecimientos. Encarni, sin saber muy bien por qué, decidió adoptar el papel que más vuelve locos a los hombres: la ingenua perversa, a lo Marilyn Monroe, se sentó en la cama e inició una descripción de una sesión amatoria con Paco. Y cuando se dio cuenta, su marido tenía una erección tremenda. Al final en Eduardo habían aflorado esos sentimientos enterrados en tantos y tantos hombres: el deseo oculto y no confesado de ver a su mujer poseída por otros. Según me contó Eduardo ya le había pasado otra veces hablando o discutiendo con su mujer de aquello, pero había podido ocultarlo al estar vestido. Esa noche, en la cama y solo con unos calzoncillos no pudo evitarlo y aquello fue su perdición, a partir de ese momento cayó en las garras diabólicas de la angelical Encarni. A fin de cuentas ángeles y diablos tienen la misma naturaleza ¿no?"Vaya, parece que no solo a mí me gusta imaginarme en brazos de Paco" "..." "¿a qué se debe esa exhibición? te gusta que tu mujercita sea un poco putita ¿no?" "claro que no" "¿no? entonces a qué viene que estés a punto de explotar" "bueno, es un relato erótico" "no, no es un relato erótico, es la descripción de lo que haría tu mujer con otra polla, una polla enorme, que no me cabe en la boca, que no me cabe en el coño, que tendría que romperme para metérmela y yo estoy deseando que me rompa, y mientras que tú estás aquí en casa, comiendo, a mí me lo estarían comiendo, y mientras que tú estarías aquí poniendo a lavar mis bragas, yo ya no llevaría bragas,... no es un relato erótico cualquiera, son las aventuras de la mujer de un cabroncete ¿verdad que sí, cabrón mío?"La vuelta de tuerca brutal que acababa de dar Encarni, sin estar muy segura de querer hacerlo, dio sus frutos. El pene (aquí si puedo decirlo) de Eduardo sobresalía por encima de sus calzoncillos, duro como nunca, según Encarni. Y ella se encargó de que siguiera así, ayudándose de manos, boca, etc. además de su relato salvaje, acelerando y parando hasta tener a Eduardo totalmente vencido.
"Entonces ¿qué quiere mi cabroncete que haga?" "...no lo sé..." Una sabia succión y otra pregunta "¿Seguro que no?" "...no lo sé..." "¿no te gustaría que me penetraran con esa polla monstruosa y que luego yo te contara en nuestra camita lo que he sentido...?" "....." "¿no te gustaría que le hiciera a Paco una paja y luego te contase, aquí, los dos solitos, dónde me había salpicado la leche, mientras te hacía otra a ti?" ".....sí, sí, por Dios, sí, síííííí....." Aquella noche fue una noche muy especial. Eduardo aceptó y reconoció que era un cabrón y que además le gustaba serlo, disfrutó como nunca con el sexo con su mujer y ella se sintió liberada del peso que la oprimía, al expresar libremente sus deseos sexuales y ser aceptados por su marido. Pero aquello no era el fin, ni mucho menos. Encarni no era ni es una puta. Encarni estaba poseída por un deseo febril, pero era una mujer normal y no sabía lo que podía, ni lo que quería, ni lo que debía hacer. Encarni siguió yendo por el mercadillo, ahora mucho más desenvuelta. Se sentía como James Bond, con licencia para matar, aunque sin el oficio suficiente para hacerlo. Pasaron semanas y meses y llegó el verano. Y Paco volvió a llevar bikinis. Y un buen día Paco le dijo aquello de "Coñico, tengo unos bikinis nuevos que deberías probarte". Encarni sintió que le latía el pulso en las sienes y dijo que claro que sí. Se llevó bastantes bikinis al probador, se quedó completamente desnuda y se puso uno de ellos. Paco no aparecía por la cortina, así que abrió ella un poco y lo vio ordenando artículo. No quería llamarlo con la voz para evitar que se enterase Pilar, estaba atendiendo en el otro extremo. Espero a que mirase hacia ella y una vez que lo hizo, con un dedo le indicó que se acercase. Paco vino sonriente y bruto como siempre. "Coñico, ¡estás para comerte! ¡tu marido te va a matar a polvos, como a las cucarachas...!" "Que va, si ya casi no me hace caso, como ya no somos recién casados... ¿oye, tú crees que este bikini me sienta bien? espera que tengo muchas dudas, voy a probarme otro" "vale, ahora vengo" "no, espera, no te vayas, si esto es muy rápido...". No sabemos si Paco pensó algo raro en aquel momento, pero debería haberlo hecho. Porque Encarni se quitó las dos piezas del bikini, y totalmente desnuda salvo las chanclas, se puso a elegir otro de los muchos que se había entrado. Cogió uno y se lo puso por encima tapándose a medias las tetas y el coño con él. "Mira Paco ¿cómo me sienta este?" Paco tragó saliva y dijo que fantástico. Encarni siguió cambiando de bikini sin llegar a ponérselo de verdad, solamente sujetándolo con las manos sobre su cuerpo y dándole en pocos minutos a Paco la mayor exhibición de tetas, culo y coño que seguramente le habían dado jamás. Encarni supo que algo había cambiado aquel día en la forma de verla Paco cuando no le dijo "coñico" ni "nena" y la nombró por primera vez por su nombre. "Encarni, tengo que atender el puesto o Pilar va a venir a por mí". "Claro hombre, perdona por hacerte perder tiempo. Es que me gusta que me aconsejes. Ahora salgo" Paco salió disimulando un bulto considerable que se había formado por primera vez.