Era noche de viernes y nos encontrábamos muy relajados en nuestra casa. La atmósfera de este verano era cálida y sensual. Era noche de hacer el amor y en eso no había diferencia con otros viernes, excepto que el sobrino de mi esposa que vive en Quito se encontraba de visita esta noche con nosotros.
El muchacho de unos dieciocho años es un gañán blanco y muy alto con cara de querubín bajo una mata de crespos castaños. Es un joven bello, muy buen muchacho y mi señora lo ama de manera especial desde pequeño. En esa noche celebrábamos su llegada de visita a nuestra casa e íbamos ya por la segunda botella de vino.
Mi señora de vez en cuando lo abrazaba y lo besaba muy fraternalmente, al menos hasta ese momento. Diciéndole siempre lo rico que era saber que estaba con nosotros. Sin embargo con el correr de la noche y el licor los abrazos me parecía cada vez menos fraternos. Seguimos libando licor hasta que llegó la hora de acostarnos en la madrugada.
Yo noté que mi esposa fue hasta la habitación y la muy pilla escogió una pijama muy sensual, azul claro, vaporosa y muy corta. Poco apta para una visita en casa y menos de un muchacho en plena erupción hormonal de la adolescencia. Al joven casi se le van los ojos cuando vio a mi esposa en tal grado de exhibicionismo, pero ella muy hábilmente se hizo totalmente la desentendida y continuó con sus labores de arreglar la pieza vecina y de paso la nuestra para supuestamente acostarnos.
Me percaté que mi señora quería ser vista y que se agachaba más de lo aconsejable al arreglar las sábanas, su tanga azul clara minúscula asomaba de cuando en cuando y la cara del sobrino ya era de consternación total. Fuimos a acostarnos, el sobrino en la alcoba vecina y nosotros en la propia. Nos dimos las buenas noches y ahí comenzó la función.
No más caímos en el lecho, medio tomados como estábamos, comenzamos a acariciarnos y mi mujer a gemir sin pudor. La puerta estaba entreabierta, creo que los dos lo hicimos de una manera un tanto inconsciente porque seríamos vistos sin remedio. Lo cierto es que en un momento dado luego de estar besando y acariciando las tetas de mi mujer, pude ver el reflejo de Martín que trataba de esconderse mientras nos espiaba. También me di cuenta que tenía su verga en la mano y que se masturbaba lentamente.
Mi esposa que también se percató del asunto y si le importaba no hizo ninguna maniobra por ocultarse. En este momento yo estaba practicándole sexo oral mientras ella acariciaba mi pene, no era un 69 clásico porque ella estaba encima de mí con las nalgas muy levantadas. La situación era de un picante muy subido y pronto Martín ya no quería ocultarse. Mi esposa lo vio tan desesperado que le hizo señas, por lo que él se acercó lentamente, con gran timidez, pero con una tremenda erección, a nuestra cama.
Mi esposa lo atrajo de una vez poniéndole su mano en las nalgas muy blanca y comenzó a chuparle la verga con fruición. Era una gran verga muy blanca, con el prepucio todavía en flor cubriendo parte de su glande sonrosado. No se cual sería la experiencia previa del muchacho pero pareció morir con las caricias bucales, largas lengüeteadas en especial al glande escondido. Pronto debió acostarse por la emoción, por lo que mi señora aprovechó y lo cabalgó golosa, penetrando la verga hasta los confines de su vagina.
Creo que una de sus fantasías más acentuadas era hacerlo desde mucho tiempo atrás con él. Ahora el muchacho y mi señora gemían al unísono. Yo no me quedé quieto, primero me acerqué a mi señora e intenté penetrarla por el culo, pero fue todavía más excitante cuando me di la vuelta pasando por encima de los dos y me acerqué a las nalgas del sobrino y puse mi pene en la entrada de su propio culo.
Que situación tan interesante. Él pareció sorprendido pero no hizo ninguna maniobra brusca por alejarse. Lo hubiera penetrado usando mucha lubricación si no fuera porque en ese momento comenzó a venirse en mi mujer en medio de grandes espasmos. Yo logré voltearla a ella un tanto con firmeza y la penetré desde detrás, vía vaginal. Por supuesto mi orgasmo también fue fenomenal. Finalmente dormimos todos abrazados en la misma cama.
Al otro día mi señora fue a visitar la casa de su madre donde estaría alojado Martín por todas las vacaciones. En la casa del lado vive Mauricio, el otro sobrino de la misma edad que el Ecuatoriano como cariñosamente llamamos a Martín. Ella quería además de visitar a su madre saludar a sus dos sobrinos que tanto adora. Mi suegra se encontraba en misa, por lo que mi mujer pronto se enfrentó a una situación bien particular.
El ecuatoriano sin duda le había contado a Mauricio sus hazañas de la noche anterior por lo que este se encontraba, además de excitado, un tanto contrariado por no haber gozado de semejante banquete sexual. Mi esposa lo encontró un tanto malhumorado por lo que, cariñosa como es por naturaleza, comenzó a hacerle mimos.
Con lo que no contaba es que la verga de Mauricio que tiene fama de ser monstruosa en los mentideros familiares se elevara debajo del pantalón de tal forma que mi mujer no podía dejar de notarlo. Cuando la situación fue más que evidente y ya no quería taparse, Mauricio intentó agarrarla por la cintura pero ella todavía no estaba lista para esta incursión filial, por lo que gritó y comenzó a correr por la sala. Mientras tanto Martín los miraba divertido desde el otro lado de la estancia.
Mauricio comenzó a perseguir a su tía por toda la casa y al ver que este tropezaba y se caía mi señora en un acto desesperado se aferró abrazando a Martín como pidiendo protección. El malvado de Mauricio entonces comenzó a jalarle la falda de blue Jean desde el piso y pronto se quedó con la prenda en la mano dejando a mi mujer en unas minúsculas tangas rosadas que no hicieron sino excitarlos más a los dos.
Mauricio le acariciaba las piernas desde el suelo y casi subía hasta el coño que ya comenzaba a excitarse con las bruscas caricias hasta un nivel peligroso. Martín mientras tanto que supuestamente la abrazaba le arrancó desde adelante la blusa dejándola en unos sujetadores también rosados que terminaron por enloquecer a los dos muchachos.
Prácticamente le rogaban a su querida tía que los dejara hacerle el amor. Ella fingió estar contrariada, cuando en realidad tenía una calentura bárbara. Con una voluntad muy pobre, mi señora terminó por ceder a los urgentes requerimientos de sus sobrinos. Mauricio en el suelo dejó de acariciar las piernas y el coño de su tía y se quitó de un tirón pantalón y pantaloncillos, dejando un ejemplar de verga pocas veces visto. Mi señora ya muy excitada jaló la sudadera de Martín dejando aparecer la hermosa verga que ya conocía desde la noche anterior.
De reojo vio el tamaño descomunal de la verga de Mauricio y sin dejar de chupar, fue atrayendo a Martín desde las nalgas para poder sentarse a horcajadas sobre el descomunal aparato de su otro sobrino. El alarido que lanzó al sentirse penetrada por este cilindro de carne fue de antología. Ahora la urgencia era terminar el revuelo antes que llegara su madre de misa y la encontrara en semejantes lides.
Con ese pensamiento en la cabeza estableció un ritmo salvaje de movimientos. Se contorsionaba con un movimiento rotatorio y oscilatorio de las caderas sobre la verga de Mauricio y chupaba con todas sus fuerzas la verga de Martín. Pero ellos no estaban dispuestos a terminar tan rápido esta sesión con su querida tía.
Martín le acariciaba ahora las tetas y Mauricio la penetraba y al mismo tiempo le introducía un dedo en el culo. Mi señora ponía los ojos en blanco por lo fuerte del estímulo. Se debía ver preciosa sentada en la enorme verga y chupando al mismo tiempo el otro capullo. Por supuesto a estas alturas la ropa interior rosada colgaba en las sillas de la sala. Llegó el momento de cambiar y ahora sentados en el sofá, era Martín el que la penetraba y ella chupaba la gigantesca verga de Mauricio que estaba parado al lado de la pareja.
El ritmo siguió frenético. Ahora los chupetones eran profundos y el movimiento sobre Martín constante. Mi esposa estaba desbocada, aunque ya no gritaba. Pronto los adolescentes lanzaron sus chorros de semen en medio de gritos de placer y mi esposa apenas tuvo tiempo de arreglarse la ropa para oír en punto a mi suegra regresar a su casa inocente del torrente de pasiones que allí se habían vivido.
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