LA NOCHE
Mientras me duchaba, recordé el día en que nos conocimos en Madrid. Y también el punto de partida de un nuevo hobby. Descubrí la página de relatos TR, y aunque al principio me dediqué a leer las experiencias de otras personas, pronto inicié la aventura de escribir mis propias historias. ¡Y cómo no! Comencé describiendo lo vivido con Abel en "Historias tras un divorcio".
Y digo aventura pues es lo que siento cuando abro mi alma a los ojos de personas desconocidas. Llego a sentir su aliento cerca de mí, mientras se adentran en el relato; mientras sus manos inquietas pulsan el teclado en busca de la continuación de la acción. Puede sonar petulante, pero a cada lector o lectora cedo por unos minutos un poco de mi piel.
Bajo el agua caliente, me parecía mentira las cosas que fui capaz de hacer; ¡yo que me creía fría sexualmente! tras un matrimonio con un hombre que no sacaba de mi interior todo mi potencial sexual. Sin embargo Abel me había hecho sentir una mujer nueva. Cerré los ojos y recordé sus manos acariciándome en el interior del cine X. ¡Sentí mi vagina palpitar con aquel recuerdo! Después rememoré su pene ensartándome literalmente en aquel reservado del bar, y sonreí cuando me vi haciéndole una felación en los vestuarios de unos grandes almacenes.
Mis manos pasaron por todo mi cuerpo, y a punto estuve de masturbarme, pero quería entrar en Todo Relatos antes de ir a trabajar, así que salí de tan acogedor lugar.
Me sequé delante del espejo, y contemplé mi cuerpo desnudo. Me gustó lo que vi, y me sentí sensual. No sé por qué, pero pensé que ya no había un solo rincón de mi cuerpo que permaneciese virgen. Desnuda me senté frente al ordenador. Mientras se abría recordé otra de las aventuras vividas ese verano. ¿Qué sería de Martín y de sus amigos? El vídeo que me grabaron era la prueba que aquella tarde no había sido un sueño. ¿Que mujer no ha soñado alguna vez disponer de dos hombres para ella? ¡Pues yo dispuse de cuatro jóvenes! Saborearon todo mi cuerpo, y desvirgaron mi ano. Todo lo que disfrutamos esa tarde quedó reflejado en un vídeo que visiono a menudo, y que debo pasar a DVD para evitar que se raye de tanto rebobinarlo.
Abrí mi página y comprobé que los lectores seguían interesados en mis relatos. Me fijé que "El resurgir de una mujer caliente" tenía algún nuevo comentario. Antes de mirarlo procedí a leer un pequeño párrafo, elegido al azahar.
"Mi cuerpo empezó a sentir como varias bocas recorrían cada espacio, cada rincón, cada poro… Mi cuello, mis pechos, mi vientre, mis ingles, mis nalgas, mi sexo… nada quedó fuera del alcance de sus lenguas y de sus labios. Eché la cabeza hacia atrás para sentir cada caricia. Separaron un poco mis piernas, y noté como unas manos separaban mis labios vaginales, y como poco después una lengua exploraba el interior de mi sexo. Mi clítoris se endureció hasta el punto de que podía notarlo, como si tuviera vida propia. También mis nalgas estaban siendo acariciadas, y de vez en cuando un dedo pasaba por mi virginal ano. El chico que estaba acariciando y besando mis pechos, se estaba empleando a fondo. Mis pezones le estaban regalando una dureza extrema."
¡Uf! Aún podía sentir en mi piel las caricias de aquellos jóvenes.
Tras revisar el resto de los relatos, miré los de algunas autoras con las que mantenía una cierta afinidad, aunque algunos estilos no coincidiesen. Khyra y la sensualidad de sus palabras; Lydia con la que comparto el amor por su tierra; Reina Canalla y su tesón que la llevará a triunfar en el mundo del cómic. Moonlight y sus prisas en la vida, Sonya, Karina, Nikki, Nenatierna….. Cada una de ellas me ha transportado a sensaciones explosivas, cargadas de un erotismo que me ha penetrado la piel, produciéndome ardores en mi sexo que muchas veces he tenido que rebajar con ayuda de mis manos, o de mi inseparable juguetito comprado en un sex shop.
Reflejado en el monitor, se descubría mi torso desnudo. Instintivamente pasé mi mano por mi piel, notando su suave tacto debido al aceite corporal. Mi mano siguió hacia mi depilado sexo. No pude menos que recordar a Khyra, quien me animó a depilármelo. Entré en el Messenger un momento, pero no había nadie conectado, así que apagué el ordenador y me fui a vestir.
Esa noche el calor era insoportable, y me puse la ropa más fresca que tenía para ir a trabajar. Me miré al espejo, y me sentí muy sensual. La cara pintada y maquillada, con la suavidad de las mujeres que se saben atractivas, ¡y yo lo soy! Una camiseta blanca de tirantes, que insinuaba el pequeño sostén que recogía mis pechos. Los vaqueros eran de cintura baja, y dejaban ver la parte superior del diminuto tanga negro con detalles de pedrería, que me compré por la mañana. En los pies calzaba unas sandalias abiertas, con un fino tacón. Ya digo cañera total. Si me viese Abel, seguro que no me hubiese dejado marchar sin darme un buen revolcón y mi ración de sexo.
Cuando llegué al restaurante, me encontré con mi compañera Sonia que había estado de vacaciones. Hacía dos meses que no nos veíamos, porque cuando yo regresé, ella las comenzaba. Mientras preparábamos las mesas, no dejamos de hablar de lo que habíamos hecho en el verano. Sonia estaba separada también, y me contó que había conocido un chico con el que había hecho todo tipo de locuras. Me miraba de reojo para ver mi reacción, esperando sin duda que yo mostrase cierto grado de envidia sana.
Al acabar de contarme su veraneo, yo me mantuve en silencio esperando que fuese ella quien me preguntase.
¿Y tú que tal? - Preguntó al final.
Durante unos segundos me mantuve en silencio, y por el rabillo del ojo pude ver que estaba esperando una respuesta. Aún me mantuve unos segundos sin decir nada, hasta que volvió a preguntar.
¿Nada no?, ¿hasta cuando seguirás así? -Se echó a reír después de su apreciación.
Mantuve mis ojos fijos en ella, deseando soltarla que había sido el verano más caliente que había vivido en mi vida. Aquel pensamiento hizo que mi piel se pusiese de gallina a pesar del calor. Las imágenes de mis diferentes amantes pasó como un rayo por mis ojos, mientras de mi boca salían palabras que pensé eran de otra persona.
¡Me han follado como nunca!
Pude ver la cara de Sonia, y como sus ojos y su boca se abrían, intentando digerir tal sorpresa.
¿Has conocido a alguien?
¿A Alguien? – Suspiré antes de seguir- He conocido a un hombre, pero él ha sido la llave para una nueva Yoli. Tras conocerle a él, mi sexualidad se ha disparado, y he tenido varios amantes.
Sonia no decía nada, intentando digerir tales confesiones.
Cuenta, cuenta- Atinó a decir.
Le conocí en Madrid, un día de tormenta. Y ¡que decirte!, nos metimos en un cine porno y allí gocé de él. Después fuimos a un bar, y en el reservado me transportó a un mundo que no había conocido. Pero no se quedó satisfecho, y tras acudir a unos grandes almacenes para comprar ropa,-la mía estaba perdida de semen- me poseyó en los vestuarios, y se volvió a correr sobre mí.
Pero… ¡No me lo creo!
Pues no termina ahí mi verano. Después en Isla, fui a una playa nudista por primera vez en mi vida. Pero eso no fue todo. Conocí a cuatro muchachos que me hicieron el amor en su apartamento.
- ¿Los cuatro?
¡Los cuatro a la vez!, y me desvirgaron el culo. Puedo demostrártelo, porque me grabaron en vídeo.
La cara de Sonia era todo un poema.
No me esperaba eso de ti. ¡Y yo que pensaba darte envidia con mi experiencia! ¡Vaya vacaciones! – Se quedó mirándome, y pudo ver en mis gestos que no había terminado de contar. -¿Aún hay más?
Conocí a Javier, un hombre de 53 años, ¡pero como hacía el amor! Me llevó a su casa, y allí me enseñó a dar placer a un hombre.
Imaginé a Javier paseando por la playa como el día en que le conocí. Escribir el relato "El cuerpo de la experiencia", fue un delicioso tormento, ya que a medida que avanzaba en el texto, mi cuerpo experimentaba una serie de sensaciones, que hacían que tuviese que dejarlo en numerosas ocasiones, hasta que mi sed de caricias quedaba satisfecha.
Nos quedamos las dos sentadas y en silencio, cada una con sus pensamientos.
Santo cielo, quien lo hubiese pensado, ¡quien lo hubiese pensado!
Y no solo he vivido esas experiencias, además las publiqué en internet, y ahí he conocido nuevas amistades.
¿En Internet? ¿Puedo leerlos?
Apunta. En "todorelatos": "Historias tras un divorcio", "El descubrimiento de mi cuerpo", y "El cuerpo de la experiencia".
En cuanto llegue a casa los leo. Creo que esta noche mi dedo va a sacar humo.
- El hombre que conocí en Madrid se llama Abel y ha estado visitándome en casa. La próxima semana vendrá de nuevo.
¡Tienes que presentarme a ese semental!
Nos echamos a reír las dos. Seguimos aún un rato conversando, hasta que el jefe nos apremió a terminar de poner las mesas
La noche no tuvo respiro, porque la gente se había animado a salir a cenar, y el comedor presentaba un lleno total. A media noche llegaron tres chicos. Uno de ellos estaba como un queso, y no me quitaba ojo de encima. Me ponía nerviosa cuando me sentía observada. Para colmo me tocó servirles, y no desaprovechaban ocasión para hablar con frases de doble intención, y comentarios un poco verdes. La verdad es que no se pasaban, y no tuve más remedio que reírme con alguna de sus ocurrencias.
En una ocasión que yo pasaba junto a ellos, este chico al que me referí antes, se levantó para ir al servicio, y como que no se había dado cuenta que pasaba yo, se chocó de frente poniendo sus manos sobre mis pechos.
- Perdón.- Se excusó. Los otros dos se echaron a reír.
- ¿Te han gustado?- Pregunté sin cortarme un pelo.
- No se a que te refieres.
- No te pases nene.- Le dije remarcando lo de nene.
Pareció que se había mosqueado, pero cuando me di la vuelta para alejarme, me tocó disimuladamente los glúteos, y me dijo en voz baja.
- Me han encantado.
La noche siguió su curso, y estos tres siguieron con sus ocurrencias. La verdad es que aquel pipiolo me estaba poniendo bien.
Cuando se marchaban se despidieron amablemente, y el que me había tocado me susurró cerca del oído.
- La cena exquisita, y lo mejor los "chuchitos". -Dijo mientras me guiñaba un ojo.
Noté como los colores subían por mis mejillas. Definitivamente aquel crío -así lo veía por la diferencia de edad- sabía poner toda la carne en el asador. Me había puesto a cien con tanta insinuación y con el toqueteo.
Eran ya las cuatro de la mañana cuando dejé el restaurante. Me dirigí al aparcamiento donde tenía el coche, y cuando pasé junto a un deportivo, la ventanilla de este se bajó, y una voz conocida me hizo volver la cabeza.
- Quieres que vayamos a tomar algo por ahí.
- ¿Ya te deja tu madre estar a estas horas de juerga? -Le dije riéndome.
- No. Por eso quiero que me acompañes. -Respondió con una sonrisa de oreja a oreja.
- Gracias, pero estoy cansada.
- No importa, seguro que logro que te relajes.
- En serio, no me parece buena idea. -Respondí, conteniendo las ganas de montarme con él en el coche.
- Venga, nos lo pasaremos bien.
Me quedé mirando, y cuando iba a aceptar la invitación, me entró la cordura y le respondí que no podía ser.
- Como quieras, pero tú te lo pierdes. -Contestó con cierta decepción.
¡Genio y figura hasta la sepultura, pensé!
Aún cuando me iba a subir al coche, pensé en girarme y decirle que se montara él en el mío, pero nuevamente me arrepentí.
- ¿Pero en qué rayos estoy pensando? -Pensé en voz alta
Me subí al coche, y aún tardé unos minutos en arrancar.
- ¡Vaya un calentón más tonto!
Arranqué el coche, y pensé en Abel.
- Si le cuento lo ocurrido se cae de risa.
No fui directa a casa; me apetecía dar un rodeo. La noche traía un aire cálido, y cuando salí a la oscuridad, se podía ver un cielo estrellado a través de la ventanilla.
Pasé unas de mis manos por mis pechos. Los pezones se endurecieron. Sonreí al pensar lo que le gusta a Abel mis senos. Metí la mano por debajo de la camiseta, y me gustó el tacto de mi piel. Estuve unos minutos deleitándome con las caricias, antes de pasar a tocar mi sexo por encima de los ajustados vaqueros. Llegué incluso a cerrar los ojos, cosa que me asustó por la posibilidad de tener un accidente. Seguí acariciándome, y abrí las piernas todo lo que la postura permitía. Jadeaba ruidosamente, pero no me importaba. Me imaginé en el coche con ese joven, y pensé que era él quien me metía mano mientras yo conducía. Incluso llegué a pedir más y más, como si pudiese escucharme.
Me desabroché los pantalones, y metí la mano hasta tocar mi inflamado clítoris. Mi vagina segregaba gran cantidad de flujo, que habían empapado el tanga. No podía creer lo que estaba haciendo. Nunca me había masturbado en esa situación, pero esa noche...
Chupaba mis dedos, y sentía el sabor salado de mi cuerpo. Y otra vez procedía a meterlos en mi vagina.
Cuando iba a entrar en la ciudad, tuve un orgasmo descomunal. Comencé a gritar y a agitarme en el asiento. Si alguien me hubiese visto, pensaría que me estaba dando un ataque. Cuando las primeras luces de la ciudad iluminaron el interior del coche, procedí a colocar bien mis ropas.
- ¡Que pasada! ¿Estoy loca? ¡Como me ha puesto ese cabroncete!
Eché de menos a Abel. Me hubiese venido bien tenerlo junto a mí esa noche.
Por fin llegué al garaje de casa. Salí del coche, y cuando iba a cerrarlo, las luces se apagaron.
- Pues sí que duran poco. -Pensé.
Metí la llave en la cerradura y...
No sé de donde salió. Todo fue muy rápido. Un hombre me sujetó por detrás, y con una mano me tapó la boca.
- Quieta y no te pasará nada. Susurró.
Mi corazón se aceleró, y un sudor frío recorrió mi cuerpo a través de mi espina dorsal. Recordé lo que muchas veces habíamos hablado Chema –mi exmarido- y yo. Me comentaba que si algún día sufría una violación, no me resistiese, que es lo que más excita a los violadores. Yo le contestaba en plan jocoso que si estaba bueno, disfrutaría de lo lindo.
- Te voy a hacer disfrutar, así que es mejor que no te resistas, y no te pasará nada.
Me hablaba al oído susurrando. La voz no me sonaba. Deseaba que se encendiesen las luces y alguien apareciese, pero a esas horas ¿quién demonios iba a aparecer? No sabía que hacer. Me tenía bien sujeta, y puede que no me hiciese nada si hacía todo lo que me decía. ¿Pero quien mantiene la calma en una situación asi?
- ¿Te vas a estar quieta?
Asentí con la cabeza. Con el miedo que sentía, era inútil intentar nada, porque estaba paralizada. Retiró la mano de mi boca despacio con miedo de que pudiese comenzar a gritar, pero no moví ni un músculo. Aunque no me hubiese sujetado, no me hubiera movido ni un ápice.
- Te repito que no te voy a hacer daño, y espero que puedas disfrutar.
Pensé que podría ser el jovenzuelo de la cena, pero no me sonaba su voz. Este pensamiento me tranquilizó. Pensé que no parecía un tipo violento. Quizás se hubiese puesto tan caliente como yo, y pensaba aliviarse de este modo. Fuese quien fuese, intentaría acatar todo lo que me mandase. Solo esperaba que no fuese un depravado y así mi integridad física no corriese peligro.
- Te voy a tapar los ojos con este pañuelo, para que no puedas verme. Es por tu seguridad, así que no te lo quites.
Asentí de nuevo con la cabeza. ¡Que otra cosa podía hacer! Pensé que por lo menos no pensaba matarme, pues en ese caso le hubiese dado igual que le viese. Me colocó un suave pañuelo en los ojos. La verdad es que la oscuridad del garaje ya le mantenía oculto, tan solo las luces de emergencia emitían una tenue luz.
Me cogió del brazo y me llevó a la parte delantera del coche. Me apoyó las manos en el capó y me hizo abrir un poco las piernas. He de reconocer que a pesar de estar siendo violada, en ningún momento sentí la sensación de peligro.
Al tener eliminado el sentido de la vista, mis otros sentidos se fueron fortaleciendo. En unos instantes en los que permanecimos en silencio, me pareció escuchar el movimiento de otra persona a muestro alrededor. Cuando me giré instintivamente para percibirlo menor, mi violador volvió a solicitar mi atención colocándose detrás mío, pegando su cuerpo a mis glúteos.
Pasó las manos por mi cabeza, y procedió a darme un suave masaje en el pelo. Aquel movimiento me relajó en cierta manera. Fue descendiendo las manos por la cara, y tocando cada centímetro de esta dando pequeños círculos. Se diría que en lugar de una violación, se trataba de una sesión de masaje. ¡Una locura ya lo sé!
Sus manos siguieron descendiendo por mi nuca. Los dedos trabajaban cada vértebra, cada tendón. Eran unos dedos que transmitían firmeza. Se recreaba en cada movimiento. Comencé a dejarme llevar y a girar lentamente la cabeza como señal de una silenciosa aprobación. Se debió dar cuenta de mi silenciosa entrega, porque se dedicó más a las caricias sin estar tan pendiente de que yo escapase. ¡Lo que tenga que suceder sucederá pensé!
Descendió por mi espalda, siguiendo la ruta de la columna. Cuando llegó a la cintura, metió sus manos debajo de la camiseta. Tenía las manos suaves, calientes. Rodeó mi cintura y posó sus palmas en mi vientre, jugueteando con el ombligo.
Volvió a la espalda, y se puso a recorrerla lentamente, dando pequeños pellizcos, que en ningún caso me produjeron dolor. Lancé un suspiro cuando amasó mis agarrotados hombros. ¿Pero que me estaba sucediendo esa noche? No me conocía. Me estaban violando, y no podía dejar de sentir placer. Volví a pensar en Abel. Sin lugar a dudas él había activado el interruptor de mi sexualidad. Me había enseñado el camino para gozar de mi cuerpo, de todo mí ser; de cada una de las terminaciones nerviosas. Y lo que es mejor, a disfrutar de las muchas circunstancias nuevas que se estaban abriendo en mi vida. Esa era una más. ¡’Peligrosa! ¡Diferente!, pero tal como se estaba desarrollando, estaba dispuesta a sacar partido.
Pasaba sus manos por mis hombros, por mis brazos, por mis manos, para luego deshacer el camino andado. Volvía a comenzar y entrelazaba sus dedos con los míos, haciendo una ligera presión que desentumecía mis manos.
Estuvo un buen rato trabajándome la zona de la espalda. A esas alturas, ya se me había olvidado que era mi violador, y le había convertido en mi amante.
Cuando se cansó de mi espalda, o quizás cuando lo creyó conveniente, paso a mi estómago. Subía sus manos por el ombligo; el canal de mis pechos; hasta mi garganta. La camiseta y el sujetador dificultaban la maniobra, pero parecía que no le importaba. Hizo el mismo recorrido varios minutos, hasta que una vez que llegó a mi garganta, abrió sus brazos de un tirón partiendo la camiseta por la mitad. Otro brusco movimiento rompió lo que quedaba de esta. Me asusté. Por unos momentos pensé que la situación había cambiado. Mi corazón se aceleró; lo notaba golpear salvaje contra mi pecho.
- Tranquila. No pasa nada. Sigue igual.
Volví a tranquilizarme. Procedió a soltarme el sujetador, y liberar mis pechos de su opresión. Facilité la salida de este, para que no tuviese que dar más tirones.
Con los pechos libres de ataduras, procedió a acariciarlos. Con suavidad, realizaba pequeños círculos con los dedos acabando en mis pezones, que se habían puesto duros como gomas de borrar. Daba pequeños tirones de estos, para aumentar su dureza si ello era posible. Se notaba que mis pechos le gustaron, porque dedicó buen tiempo a ellos. Mojaba sus dedos en mi boca, para después pasarlos por mis aureolas y pezones.
Mis gemidos de placer ya se convirtieron en algo continuo. A la vez que me trabajaba los pechos, frotaba su pene contra mi culo. Podía notar su abultado paquete a través de la tela de los pantalones.
Procedió a besarme en el cuello, mientras desabrochaba mis tejanos. Uno a uno fueron cediendo los botones, hasta dejar libre la entrada a sus manos, que juguetearon con el tanga. No pasó por alto que se hallaba mojado.
Por mi parte, tiraba hacia atrás para no perder contacto con su pene. Creí que debía de estar alucinado por mi comportamiento. ¡Lo estaba yo misma!
Oí algo metálico caerse al suelo, y agacharse a recogerlo. Pensé en darle una buena patada y escapar, como había visto hacer en alguna película, pero la postura, y el no ubicarle correctamente me hicieron desistir. Por otra parte, aunque esté mal decirlo, no me estaba disgustando en absoluto la situación.
- Ahora estate quieta. No te muevas.
Noté algo frío en mi espalda. ¡Se trataba de un cuchillo! Fui a ponerme derecha, pero él me volvió a insistir.
- Estate tranquila, no te haré daño.
Hizo presión en los tejanos, y los fue cortando con cierta facilidad. Un corte a cada lado, y estos cayeron al suelo.
Me quedé apoyada en el coche con el tanga como única vestimenta, y unas sandalias de tacón. Debía parecer la chica de un calendario de esos que se ven en los talleres.
Ahora ya sin ninguna prenda que se lo impidiese, comenzó a pasar su lengua por todos los rincones de mi espalda. Comenzó en la nuca, haciendo que una corriente eléctrica recorriese toda mi columna vertebral. Siguió por los hombros, los brazos, las manos, y volvía por el interior de mis brazos hasta las axilas. Después de varios recorridos, siguió por la espalda hasta el final de ella. En esta zona estuvo más tiempo. Su lengua bajó hasta el cóccix, y se entretuvo en hacer círculos. Rodeó con sus manos mi cintura, y las dirigió hasta mi vagina. Se sorprendió de lo mojado que estaba el tanga.
- Parece que esta noche has estado muy caliente.
Solo acerté a decir un suave "siiii", mientras mi cabeza se iba lentamente hacia atrás. ¡Cielos! Ni yo misma podía creerme o que estaba sucediendo. Pude imaginar la cara de mi violador, sus gestos de asombro ante lo dócil que estaba resultando se su "víctima".
No metió sus dedos como cabría esperar, y se entretuvo en jugar con mis labios mayores, y mis ingles. A todo esto, su lengua no dejaba de trabajarme la espalda, hasta dejármela hipersensible.
Me encanta tu sabor. Eres una mujer muy apetecible.
Mordisqueó mis glúteos, para seguir lamiendo el interior de mis muslos. En esta postura, su nariz rozaba levemente mi ya humedecido sexo. Siguió descendiendo por el interior de mis piernas, hasta los tobillos. Alternaba las dos piernas, y con sus manos me las moldeaba. Mi cuerpo se amoldaba a sus manos como si se tratase de mi creador.
Pasó nuevamente sus manos por mis glúteos, y los amasó con gula, dándoles algún que otro mordisco. Yo estaba en el séptimo cielo, y movía mis caderas en un claro síntoma de placer.
Apartó ligeramente el tanga, y su lengua se deslizó entre mis glúteos, en busca de los secretos de mi ano. Separó las nalgas para tener mejor acceso, y su lengua comenzó a hacer círculos en los bordes de mi orificio anal. Un escalofrío recorrió mi cuerpo, cuando su lengua se abrió paso a través de mi ano. Sentí su lengua entrando y saliendo, como si de una pequeña polla se tratase. Estoy segura que mi ano se dilató con semejante trabajo. Mi mente voló hacia Martín y sus amigos. Las sensaciones de quebrantar lo "prohibido" volvieron a mí.
Abandonó tan sensible zona, y se fue incorporando. Me cogió de la cintura y me fue dando la vuelta lentamente. Me dio un cálido beso, y sin dejar de besarme me tumbó en el capó del coche. Todavía estaba caliente la chapa, y fue una sensación muy agradable. Las pequeñas gotas de sudor que recorrían mi espalda, se evaporaban al contacto del calor de la chapa.
Se dedicó a besarme el cuello, las orejas, la nariz, los labios a los que daba pequeños mordiscos…
Yo definitivamente me abandoné a mi suerte. Iba a intentar disfrutar de aquello todo lo que pudiese.
Descendió su lengua por el cuello, en busca de mis pechos. Pasaba de uno a otro lentamente, chupando mis endurecidos pezones, y tirando de ellos con los labios de vez en cuando. Los fue humedeciendo y absorbiendo como si se tratasen de un postre.
Sus manos se aferraron a los pechos, y fue descendiendo con su lengua, en un movimiento de zig-zag, hasta llegar a mi ombligo, donde se entretuvo poco tiempo, ya que me hacía cosquillas. Su lengua tenía que estar cansada de tanto trabajo, pero no daba muestras de querer descansar. Muy al contrario, siguió descendiendo hasta chupar mi vagina por encima del tanga.
Sus manos abandonaron mis pechos, y descendieron por los costados hasta mis caderas. Allí en un rápido movimiento agarraron las tiras del tanga, y de un fuerte tirón las rompieron, dejando mi sexo al aire. Aquello me excitó y en un movimiento involuntario, adelanté mis caderas para buscar las caricias de sus labios.
Su lengua jugueteaba con el depilado sexo, mientras sus revoltosas manos seguían amasando mis glúteos, pasando alguna vez un dedo por mi ano.
Mi palpitante sexo, pronto recibió la visita de su dura lengua. Fue pasándola con suavidad, separando los labios para alcanzar por fin el inflamado clítoris. Se entretuvo tintineando con el pearcing colocado en tan estratégico lugar.
Succionó sin prisas, dándose tiempo, jugueteando a la vez con los labios que lo protegían. Levantó mis piernas hasta ponerlas sobre sus hombros. En esta postura, mi sexo se ofrecía vencido, claudicando ante aquel desconocido que me tomaba "a la fuerza". Fue descendiendo la cabeza teniendo las dos piernas como involuntarios raíles que le conducían hacia mi tesoro. Apenas sentí su aliento sobre mi húmeda vagina, comencé a notar dentro de mí una fuerza que pugnaba por salir al exterior. Era tal el placer que sentía, que el orgasmo se precipitó como una ola sobre el acantilado, inundando de flujos la boca de "mi violador". Sujeté su cabeza para introducir su lengua más, si ello era posible. Cuando los últimos golpes del orgasmo cesaron, se fue incorporando, sin dejar de pasar su mano por mi sexo.
- Realmente eres una hembra caliente. El que te esté follando tiene que disfrutar de lo lindo.
- No te puedes imaginar lo que disfruta.- Dije con voz débil mientras me reponía de mi reciente orgasmo.
- Ahora te toca a ti darme placer.
Dicho esto, se apoyó en el capó del coche, y dejó que yo le fuese quitando la ropa con toda la lentitud y provocación del mundo. A esas alturas, ya me había acostumbrado a tener los ojos tapados. Sentidos como el olfato y el tacto, cobraron más protagonismo en esas circunstancias.
Cuando deslicé su slip a través de sus pies, pude comprobar con una mano, que su pene estaba totalmente erecto. Era de un tamaño normal, pero palpitaba con toda la fuerza del que lleva tiempo sin catar.
Con una mano fui masajeando los testículos, mientras me inclinaba en busca de su pene. Mis labios encontraron el glande, y se abrazaron a él. Succioné utilizando la lengua para sensibilizarlo. Pronto comenzaron los gemidos. Seguí recorriendo con los labios todo lo largo del pene, metiéndome los testículos uno a uno en la boca. Jugué con ellos pasándoles la lengua en el interior de mi boca. Los tenía muy hinchados, y el carecía de bello.
Dejé el pene palpitante, y fui subiendo por su pubis, ombligo, hasta detenerme en su pecho. Iba desabrochando los botones uno a uno con parsimonia, deleitándome en cada movimiento. Llegué a sus pezones y comencé a chupárselos, incluso me atreví a mordisqueárselos. Reaccionaron poniéndose erectos y duros. Mientras restregaba mi sexo contra su pene.
Este movimiento le debió gustar, porque su respiración se aceleró, y me agarró mis glúteos apretándome contra él. Le besé la boca, metiéndole la lengua y jugueteando con la suya. Estaba totalmente excitada y lanzada. Mis pechos se fundían contra su pecho. Pensé que se iba a correr, así que me volví a agacharme para masturbarlo con la mano, pero esos no eran sus planes.
Me levantó y me llevó al interior del coche. Por como le seguía mientras me guiaba de la mano, supe el grado de seguridad que tenia junto a él. Se sentó en el asiento del conductor, y procedió a echarlo atrás todo lo que pudo. Me hizo sentarme encima de él, dándole la espalda.
Comenzó a besarme la nuca, y me echó sobre el volante. Procedió a darme un masaje sensual por toda la espalda, alternando sus manos con sus labios. Gemía y frotaba mi sexo con el suyo. Me elevó un poco, para poder introducirme su pene. Después me dejé caer de golpe, introduciéndomelo hasta los testículos. Los dos gemimos, y nos quedamos quietos.
Temblé unos instantes. A pesar de que se estaba portando bien, no pude por menos que sentir unos escalofríos al pensar que un desconocido me estaba follando en el interior de mi coche. Las aventuras sexuales que había vivido ese verano habían sido locuras, pero siempre teniendo la sensación de tener un cierto control sobre la situación. Aquí sin embargo, a pesar de estar disfrutando, el no saber quien era mi amante, y como acabaría la situación, habían hecho que dudase unos segundos de si estaba haciendo lo correcto, si quizás debiese haber ofrecido resistencia, de si…
Un pequeño empujón suyo me dio la señal para empezar a moverme. Como una autómata al que hubieran conectado el interruptor de marcha, comencé a mover mi cuerpo. Hacía grandes círculos a un lado y a otro. Sentía su pene rozar las paredes de mi vagina, mientras mis jugos bajaban por mis muslos abundantemente. Agarró mis pechos y me los estrujó con firmeza, dando pequeños tirones de mis pezones. Después de tanto toqueteo en mis senos, la piel estaba casi tan delicada como un papel de fumar. Cuando los primeros síntomas del orgasmo aparecieron, comencé a gritar como una loca. Mi cabeza se movía de un lado a otro sin control. Me agarré al volante tirando de él, buscando el aire que me faltaba. Acabé el orgasmo apoyada en el volante. Parecía que me había quedado atascada, no podía moverme.
Cuando notó que mi respiración se normalizaba, me levantó y me hizo darme la vuelta, para poder penetrarme de frente. Metió mis pezones en su boca, y apretaba mis glúteos con sus manos. Yo subía y bajaba cada vez más deprisa. Quería hacerle correr. ¡ Ya era una cuestión de orgullo!. Magreaba mis pechos, lamía mi cuello, los lóbulos de las orejas, y pensé que me correría otra vez antes que él.
Metió un dedo en mi boca, que yo chupé como si fuese un segundo pene. Lo ensalivé a conciencia. Después lo sacó y fue directo a mi ano. Se entretuvo en los bordes, para acabar introduciéndolo.
Me pareció ver resplandores. Estaba siendo una locura, y ya tenía alucinaciones. Introdujo el dedo cada vez más, aprovechando los movimientos que yo hacía. Me eché hacia atrás apoyándome en el volante. El me recorría con su lengua mientras su respiración comenzaba a acelerarse.
- ¡Me corro!- Gritó
Noté un torrente de semen entrar en mi vagina. Seguía bombeando, y yo le ayudaba moviéndome y refregándome contra el. Terminó de correrse con un grito, agarrándome fuertemente los pechos. Me besó con cierta dulzura, mientras notaba que su aliento disminuía de intensidad pasado un minuto.
- Ha sido fabuloso. Dijo con admiración.
El semen comenzó ha salir de mi vagina, cayendo por mis muslos; parte se depositó en la tapicería del asiento, como comprobé al día siguiente. Estaba excitadísima, fuera de todo control y no quería terminar; así que me levanté y me puse de rodillas fuera del coche para meterme el pene de nuevo en la boca. La tortilla había dado la vuelta, y quería acabar con él.
- ¡Oh sí!, eres una mujer muy caliente.
Comencé limpiando los restos de líquidos. Me afané en toda su longitud, y no tardó mucho en tener una nueva erección. Sonreí para mis adentros pensando que mi violador se iba a ir bien servido. Pensé también en Abel, pero enseguida me lo quité de la cabeza. Los suspiros de mi violador me volvieron a la realidad. Me sujetaba por el pelo, dirigiéndome hacia donde quería que le chupase.
Pronto tomó de nuevo la iniciativa. Salió del coche y me hizo apoyar con las manos en el asiento, teniendo mis glúteos a su disposición. Esta vez no hubo contemplaciones y me penetró sin miramientos. Sentí su pene atravesarme hasta mis entrañas.
Con mis manos abrí más mis nalgas, y hacía tope para que la penetración no fuese dolorosa. El movimiento era frenético, nada que ver con la sutileza de unos minutos antes. Me gustaba ese cambio de ritmo. Volví a apoyar mis manos en el asiento, porque las embestidas me desplazaban contra la palanca de cambios. Si antes había deseado que alguien apareciese en el garaje, ahora deseaba que tal cosa no sucediese. No sabría explicarlo, pero me había olvidado por completo de la violación, del pañuelo que tapaba mis ojos, y de que un desconocido me estaba penetrando hasta sentirlo en el paladar. Solo estaba mi deseo, un deseo irrefrenable que esa noche me estaba llevando a la locura sexual.
Se inclinó hacia delante y cogió mis pechos. Los tocó con desesperación, haciéndome gemir y pidiéndole que me penetrara más y más. Palmeteaba mis nalgas como si estuviese montando una yegua. No me dolía. Más bien al contrario. Un nuevo orgasmo recorrió mi cuerpo.
Paró de bombear mientras me recuperaba. Mi cuerp
