LOS RELATOS DE LOS VAGOS

Mi mujer María Teresa y yo, llevamos más de quince años de casados, tenemos un par de hijos, y vivimos más o menos bien. Hace unos cuantos meses atrás, para celebrar la reapertura de mi negocio, después de la remodelación, di una fiesta, nada del otro mundo. Solo había invitado a mis mejores clientes y proveedores, como desde luego a los miembros de mi familia y una que otra cercana amistad.

Todo salió a pedir de boca, excepto por un pequeño detalle, y fue que María Teresa, se les fueron las copas. Realmente no paso nada vergonzoso, delante de los invitados, en el momento justo que llegué, había comenzado a tratar de quitarse su ropa, mientras que al mismo tiempo, trataba torpemente de bailar. Al momento de llevarla a nuestra habitación, en medio de su borrachera, me dijo. Quiero que me lo metas, pero eso sí sin que mi marido se entere.

Yo tomé sus palabras como consecuencia de lo borracha que estaba, sin darle importancia, la acosté y regresé a la fiesta. Al día siguiente María Teresa, me preguntó que había pasado, por bacilar le exageré todo un poco. Diciéndole que prácticamente, tuve que cargarla mientras ella insistía en quitarse su ropa, para cómo según me dijo, acostarse con todos, lo que realmente no fue cierto. Muerta de vergüenza, me dijo no acordarse de nada de lo sucedido, pero al decirle que nadie se había dado cuenta, se quedó más tranquila.

Desde ese momento se me metió entre ceja y ceja, el aprovecharme de esa pequeño defecto de María Teresa. Por lo que comenzamos a salir, solos los dos los viernes en la noche, aunque al principio, me costó algo de trabajo el hacer que se diera un trago. La primera salida en casi quince años, la llevé al salón de baile de uno de los hoteles, cuando vi que ya ella estaba bastante mareada, para probar que era capaz de hacer, le pedí que me diera sus pantaletas, y sin vergüenza alguna y sin ni tan siquiera preguntar para que, se las ha quitado tranquilamente. Ya saliendo del hotel, nada más por joder, a medida que nos dirigíamos a mi auto, levanté la parte posterior de su falda, y se le dije que era para que mis amigos vieran, lo que me estaba llevando para la cama.

Antes de llegar a la casa, detuve el auto en un camino vecinal, y sacando mi verga del pantalón, le dije que se pusiera a mamar, María Teresa en condiciones normales, al principio me hubiera dicho que no, aunque finalmente, de tanto insistirle que lo hiciera para que me quedase tranquilo, me mamaría la verga, pero en esos momentos, nada más se lo insinué y ella tomo mi verga entre sus dedos y con toda su calma se dedicó a mamarla. Por un buen rato me la disfruté, tan solo viendo como su cabeza subía y bajaba, a medida que se tragaba mi verga entera una y otra vez.

Antes de llegar a venirme, le dije que deseaba metérselo ahí mismo, así que sin decir nada, abrió sus piernas mientras reclinaba el asiento, yo me le tiré encima y disfrute del placer, de clavarme a mi mujer dentro del auto como cuando éramos novios. Lo único raro de todo, fue que al terminar en medio de su borrachera me dijo. Bueno ahora espero, que no vaya a contárselo mi marido. Eso me sonó raro, pero me causó gracia.

En las siguientes salidas, que seguimos teniendo, cada vez que lograba que María Teresa se emborrachara, yo me aprovechaba para hacer con ella en la calle, lo que en casa no se prestaba hacer. Así que me cansé de darle por el culo, así como ponerla a mamar en un sinfín de oportunidades, algunas de las cuales las llegamos hacer frente a completos desconocidos. Aunque en más de una ocasión, estando borracha, me volvió a decir, de una forma u otra. Espero, que mi marido no se entere. Esas palabras me comenzaron a producir curiosidad, de si realmente María Teresa, sabía que me lo decía a mí, y lo hacía por joder. O si pensaba que se acostaba con otro hombre, realmente.

Como de costumbre, al día siguiente mi mujer no se acordaba de casi nada, en ocasiones nos poníamos a chalar de los sitios que visitábamos, y por lo general ella se acordaba de algunas cosas, pero después de que se ha llegado a tomar como unos cinco tragos, ya no tiene ni memoria, ni conciencia de lo que hace o pasa a su alrededor.

Por eso fue que encontrándonos en un bar a las afueras de la ciudad, mientras bailaba con ella, para divertirme comencé a levantar su falda y mostrar sus nalgas a más de uno de los presentes. Luego al regresar al reservado y volver a tomar otra ronda, le sugerí que se quitase las pantaletas, lo que al igual que otras veces ha hecho, solo que en ese momento, ni tan siquiera esperó que el mesero se retirase. Al volver a la pista, nuevamente comencé a mostrar sus nalgas, mientras los dos bailábamos de lo más pegados.

Fue en ese instante que se me ocurrió preguntarle, que le gustaría hacer en ese instante. Fue cuando me respondió diciéndome sinceramente. Me gustaría probar la verga, del negro ese, el que está en la barra. Su respuesta fue tan espontanea y sincera, que después de pensarlo por un instante, me dije a mi mismo. Mañana María Teresa, no se va acordar de lo sucedido, él único que lo sabría sería yo, y no se lo diré nada a nadie. Así que puedo perder. Fue cuando le dije a ella, bueno si quieres invitó al tipo ese, al reservado. María Teresa lo que me respondió, fue. Bueno, si tú lo invitas al reservado, yo lo invito a que me lo meta.

La verdad es que comencé a sentir un morboso y raro placer, nada más de imaginarme a mi mujer, siendo clavada por el negro ese sobre la mesa del reservado. Por lo que sin hablar más del asunto, me levanté y me dirigí a la barra, directamente le busqué conversación al tipo ese, resultó llamarse Wilfredo, mucho más joven, alto, y grueso que yo. Simplemente le dije. Yo estoy en reservado. Al escucharme decir eso, el negro me miró bien mal, pero cuando le continué diciendo. Es que hice una apuesta con mi compañera. Me puso mayor atención. Por lo que nada más le dije. Aposté con ella a que me atrevía a invitarte al reservado, y ella me apostó que si tú aceptabas la invitación, ella te invitaría a que se lo metieras. Wilfredo se me quedó viendo como si no creyese lo que yo le estaba diciendo.

Por lo que le volví a repetir las palabras de María Teresa, si tú aceptas la invitación, ella te invitaría a que se lo metas. Con una amplia sonrisa se encaminó al reservado, al que entró, mientras que yo me quedé parado en la puerta, obstruyendo la entrada. Le pedí al mesero que nos trajera otra ronda. Cuando la trajo, fue que finalmente me asomé y vi que María Teresa se encontraba agachada frente al tal Wilfredo mamando su verga completamente. No pude menos que quedarme observando, como mi mujer, chupaba todo el miembro de su invitado. Pero a medida que lo iba haciendo, soltó el broche que sujetaba la mini falda que carga puesta, dejando ante la vista de él, su depilado coño por completo. Así que mientras ella se lo mamaba, ella misma comenzó a darse dedo sobre su clítoris.

Por un corto rato, los dos se mantuvieron en esa posición, hasta que el negro, de seguro impresionado por el sabroso coño que tenía abierto del todo frente a sus ojos, sacó su verga de la boca de mi mujer y levantándola del piso, la recostó sobre la mesa del reservado, separó completamente las piernas de María Teresa, la que se sujetó de sus propias rodillas. De manera bien clara vi como todo el miembro de Wilfredo comenzó a penetrar el coño de mi mujer, y como el rostro de ella reflejaba un tremendo placer. En ese instante me puse a pensar, que no podía creer lo que yo hubiera permitido eso, y que encima de todo disfrutase, como él se clavaba a mi mujer.

A medida que Wilfredo enterraba una y otra vez su miembro dentro de la vulva de María Teresa, ella movía salvajemente su cuerpo bajo el empuje de él. Sus profundos gemidos y ahogados gritos, me dejaban bien claro que ella estaba disfrutando plenamente de lo que estaban haciendo el negro y ella. María Teresa le pedía una y otra vez que le diera más y más duro, mientras que yo, sin dejar de observarlos, comencé a pasar mi mano sobre mi erecta verga bajo la tela del pantalón. María Teresa me dio una mirada, pero más que a mí al bulto que se me formó bajo el pantalón, y con un insinuante movimiento de labios, me invitó a que me dejase mamar la verga, por ella en ese mismo instante.

Apenas saqué mi verga del pantalón, lo primero que hizo María Teresa, fue ponerse a lamer mis bolas, y después de eso, fue que agarrando mi verga entre sus dedos, la dirigió a su boca. Por una parte Wilfredo clavaba constantemente su verga contra el coño de mi mujer, la que movía su cuerpo como si fuera de gelatina, y por la otra parte me daba una monumental mamada. Para mí era algo bien impresionante, ver como María Teresa, movía su cuerpo a medida que Wilfredo se la continuaba clavando salvajemente. Pero lo que más me impresionaba de todo eso, era que yo lo disfrutase.

Cuando me vine dentro de la boca de ella, a los pocos segundos, Wilfredo sacó su verga del coño de María Teresa y manteniendo su verga entre sus dedos eyaculo sobre el coño y parte del vientre de mi mujer. Después de eso, el tal Wilfredo se limpio con una servilleta su verga, la acomodó dentro del pantalón, y con una gran sonrisa de satisfacción se retiró, no sin antes decirnos, que cuando ella quiera, él estaba a la órden. María Teresa se quedó con sus piernas abiertas sobre la mesa, pero al poco rato se levantó, con otra servilleta se limpió la leche que su amante le había dejado sobre su coño como sobre su vientre y después se puso a buscar la falda para ponérsela.

Antes de retirarnos del bar, María Teresa volvió a darse otro trago, en el trayecto a casa, mi mujer se quedó dormida, mientras que yo iba pensando cómo era posible que me hubiera gustado, el que ese tipo se lo metiera a mi mujer. Hoy en día todavía cuando salimos, tengo que emborrachar a mi mujer, para hacer lo que me dé la gana. Y en ocasiones me han dado gana de verla clavada, tanto por el culo como por su coño a la vez.

RELATO DE REGALO