Faltaban solo dos días para mi graduación y junto a mis compañeros nos desdoblábamos para que todo el acto fuera perfecto. ¿Perfecto?... al parecer no lo iba a ser para nadie, menos para mi.
A principios de año todos habíamos participado de un juego tradicional de nuestro colegio, el cual consistía en repartir a cada muchacho un pedazo de papel en el que debían escribir aquello que cada uno se comprometía a cumplir antes del acto de promoción.
Teníamos a partir de ese momento 200 días para lograr hacer aquello que nos proponíamos, sin embargo aun así muchos solo escribían simplezas como acabar el año con buenas calificaciones, no romper con su enamorada, o peor aun, conseguir una enamorada.
Pero Osvaldo y yo no... pese a que éramos los más caraduras del curso (y con 18 años), no habíamos tenido relaciones con ninguna mujer, y ese era nuestro objetivo de fin de curso... dejar de ser virgen.
Como ya dije mi amigo Osvaldo y yo éramos bastante sinvergüenzas, éramos como uña y mugre, aunque en nuestros actos se reflejaba que cada uno quería ser la mugre. En nuestros años de secundaria habían pasado por nosotros infinidad de chicas, a veces incluso primero por uno y luego por el otro, pero nunca habíamos llegado al final con ninguna de ellas. Pero ese año habíamos decidido que los jueguitos debían terminar.
Ganas, no nos faltaba pero como nuestra reputación ya nos precedía en todos los colegios (el nuestro era solo para hombres), ese año fue bastante difícil conseguir chicas que confiaran en que nuestras intenciones eran buenas,... si señor, y bastante buenas.
Es por eso que a las vísperas de la graduación me levanté sin muchas ganas de ir a afrontar la realidad que me esperaba al día siguiente cuando leyeran las notas que habíamos dejado: yo seguía siendo virgen.
Cuando llegué no encontré a nadie en el salón, sin darme cuenta me había ido demasiado temprano y al mirar al reloj del patio recién me enteré que había llegado 45 minutos antes que todos.
Pero no estuve solo mucho tiempo, luego de 10 minutos de espera, que pasé escondido en un rincón fumando uno de mis primeros cigarrillos (lo cual luego se convertiría en un terrible vicio), llegó a quien menos esperaba. Era Blanca, la mamá de Osvaldo, quien en la reunión de padres de familia se había ofrecido a ayudarnos en lo del salón de actos, apagué mi cigarrillo y salí a su encuentro.
- ¡Hola!, no pensé que alguien me ganara en llegar temprano - me dijo en cuanto me vio. - No creo que podamos empezar - continuó - Osvaldo recién fue a comprar los materiales. - Bueno, entonces podemos charlar hasta mientras llega; le respondí.
Yo tenía una buena relación con Blanca, por una parte era la mamá de mi mejor amigo, y por otra era bastante joven (38 años) y se entendía bien con todos los muchachos del curso. Se había casado muy joven con el papá de mi amigo por que la había embarazado precisamente en su fiesta de graduación, Osvaldo fue producto de dicha fiesta. Ella era una excitante mezcla de mujer madura y joven a la vez.
Tenía la figura y el rostro muy bien dotados pese a tener tres hijos, además por ser una mujer a la que le gustaba vestirse y sentirse joven sus ropas eran lo suficientemente reveladoras como para que un montón de adolescentes calentones le dedicaran sus mejores pajas.
Yo mismo varias veces me había imaginado que me tiraba a ese monumento de mujer, pero luego me detenía al pensar que era la madre de mi amigo, a la cual la conocía desde que yo era un mocoso que pensaba en mujeres solo para molestarlas, así que me conformaba con poder ver a Blanca cada vez que iba a su casa.
- Vaya, pero que veo - me dijo sacándome de mis pensamientos - parece que ya no eres el niñito que corría por mi sala hace un par de años. - ¿Por que lo dices? - le pregunté asombrado. - Y me lo preguntas? - respondió un poco turbada - tienes el pene hinchadito.
Carajo....pensé. sin darme cuenta había estado pensado en ella, imaginándomela desnuda junto a mi y mi verga había empezado a crecer a la vista de Blanca.
- Lo siento - le dije - no se en que estaba pensando - continué tratando de disimular mi creciente erección. - No te preocupes - respondió haciéndose a la desentendida - es algo normal a tu edad.
- ¿Supongo que nunca has estado con una mujer no?; prosiguió sin apartar la vista de mi bulto que seguía creciendo. - Pues no - respondí titubeando - aunque ganas no me faltan...
No podía creer lo que acababa de decir, pero ella no se inmutó siguió la charla como cualquier cosa.
- ¿Con la de chicas que tú y mi hijo tenían? Me es difícil creer que ustedes dos sean vírgenes. - Es la verdad - seguí - tuve oportunidades pero no supe aprovecharlas. - Supongo que por lo menos te sabes el procedimiento - me preguntó. - Procedimiento? - Si, no te hagas al inocente conmigo - disparó a quemarropa- sabes como metérsela a una mujer? - En teoría Entonces ella se acercó a la mesa donde yo estaba apoyado, y se sentó en ella. - Sin practica la teoría no es nada - sentenció echándose en la mesa.
Me tomó de la mano e hizo que me echara a su lado, para luego poner mi mano en uno de sus pechos los cuales empecé a estrujar torpemente empujado por la tremenda excitación a la cual me había llevado.
- Se ve que no tienes práctica; me dijo retirando mi mano; debes acariciar no apretar, tocar no golpear.
Entonces me puse a cumplir sus ordenes, acaricié sus hermosos senos por encima de su blusa por un rato, pero mi cuerpo me empezaba a exigir piel no tela ni tejido.
Ella pareció darse cuenta de ese deseo, y me dijo: - Ahora - susurró - ábreme la blusa.
Obedecí la orden que me daba como un autómata que no tiene opción de negarse. Por cada botón que abría, podía ver más y más esos pechos que traían locos a todos mis compañeros de curso (incluso tal vez también al mismo Osvaldo), sujetos por un corpiño semitransparente que me apresuré a abrir con mucha delicadeza.
- Así - su voz era cada vez mas excitante - veo que aprendes rápido.
Tenía ya libres sus globos para mostrármelos en toda su magnitud. Siguiendo siempre su dirección me puse a lamerlos empezando por su base girando mi lengua sobre ellos haciendo una espiral por su contorno hasta llegar a sus pezones, esos hermosos y enormes botones que tenían un color oscuro que contrastaba con la blancura de su piel. Al chuparlos me llegó una sensación que nunca había experimentado, que me recorría todo el cuerpo. Y me di cuenta que ella también lo sentía, al principio solo susurraba, luego emitía un sonido apagado hasta que llegó a gemir, primero suavemente luego más y más fuerte hasta llegar a los gritos.
Entonces su mano bajó hasta mis pantalones, poniéndose a frotar mi verga por encima de mi pantalón, con un movimiento que hacia que a cada segundo mi aparato creciera más y más. Luego metió su mano dentro mi ropa interior agarrándome con una mano y apretándome las bolas con la otra.
Fue cuando me apartó de ella, solo para poder sacarse sus pantalones con mayor libertad, quedando solo con sus bragas, de color rojo, un rojo incitante en la cual se notaba una mancha de humedad que delataba su creciente excitación.
- Ahora, veamos que puedes hacer - me dijo abriendo las piernas.
No tuvo que repetírmelo, tomé con cada mano una las tiras que sujetaban sus bragas a su cadera y la deslicé hacia abajo, dejándome ver su coño afeitado, rosado, húmedo, que me impulsaba a llenarlo con mi verga. Pero mi orgullo de hombre, de ya 18 años, me impidió cometer esa imprudencia, sabia que debía hacerlo delicadamente, sin llegar a la vulgaridad, entonces siguiendo mis instintos acerqué mi boca a sus labios vaginales y le di un lengüetazo que le hizo soltar un gemido bastante fuerte. Sobresaltada se tapó la boca y miró a todas las ventanas por si acaso alguien la había oído. Yo por mi parte ni me moví, seguí saboreando esa húmeda cavidad que me sabia a gloria acompañando el movimiento de mi lengua con el de mi cabeza simulando una penetración hasta que vi algo que nunca antes había visto... Blanca se corrió en mi cara, llenándome de sus jugos los cuales me apresuré a lamer alternando esta vez con lengüetazos en sus piernas.
- Así que no sabías - me dijo incrédula - mamas como un profesional. - Ahora me toca devolverte el favor - me dijo con una mirada de asesina.
Se bajó hasta mi bragueta, la cual abrió y liberó por fin mi garrote que luchaba con mi ropa interior, solo para aprisionarlo de nuevo, pero esta vez con su boca primero se la metió toda en su boca dentro de la cual era masajeada por su lengua que parecía una serpiente moviéndose por todo el largo de mi verga.
Pasó un rato mi pene en su boca, para luego sacarla y empezar a lamerla desde la punta de mi glande hasta mis bolas las cuales a su vez se metía a la boca, para luego volver a meterse mi palo a su boca y darme una mamada infernal que me valió mi primera eyaculación que no era producto de mi propia mano.
Ella recibió mi leche en su boca que siguió mamando con una fuerza que me causaba una gran excitación por la cual pude ver mi pene en su máxima extensión desde que tenia memoria, antes durante mis pajas había llegado a medir mi verga, la cual no pasaba de ser una verga promedio pero luego de la chupada que me dio Blanca nunca más tuvo esas modestas proporciones y alcanzó los
Pero faltaba lo mejor, Blanca volvió a tenderse en la mesa abriendo las piernas. - Ahora - me dijo tomándome la verga y acercándome a su coño - viene tu examen final.
Cuando tuve mi verga apoyada en su chocho, empujé con todas mis fuerzas metiéndole mi verga totalmente, por lo cual soltó otro sonoro gemido. Luego de acomodarme mejor sobre la mesa empecé el bombeo primero muy rápidamente (estaba muy excitado), lo cual me mereció otra reprimenda de mi maestra, luego de lo cual aminoré el ritmo de mi embestida llegando a un movimiento fuerte, pausado y suave el cual nos tuvo por lo menos 15 minutos acoplados en una gama de sensaciones que nos ponía en trance.
La sensación de ese coño rodeando y rozando mi pene, unido a la formidable lubricación que tenía en mi aparato, me dio un orgasmo tremendo que casi me deja desmayado, al mismo tiempo que ella soltaba un gemido más callado que los otros pero que me hacía ver que ella también se había corrido.
No pudimos quedarnos mucho tiempo descansando de mi primera lección de sexo, pues ya iba siendo hora de que mis compañeros llegaran a arreglar el salón, por lo cual nos vestimos apresuradamente, terminando justo cuando llegó Osvaldo con los materiales para los adornos.
Él nunca supo lo de su madre, ni lo de esa mañana ni lo que ocurrió la noche siguiente en la fiesta en la cual su madre hizo de chaperona. Aprovechando un descuido de su marido me arrastró al baño y me entregó su precioso culo el cual me trajiné al ritmo de la banda que tocaba. El baño estaba a oscuras cuando entramos, lo cual aprovechamos al máximo. No teníamos tiempo que perder pues pronto notarían su ausencia, así que apenas cerré la puerta ella me jaló hacia ella y se dio media vuelta subiéndose el vestido dejándome a mi nuevamente el trabajo de bajarle las bragas, lo cual hice gustoso.
Apoyé mi pija contra su estrecho agujero, pero por más que empujaba no podía metérsela, entonces ella se dio media vuelta, se agachó y me empezó a chupar la verga hasta tenerla bien parada y húmeda.
- Ya está - me dijo - inténtalo de nuevo.
No me hice rogar. Se la metí de un solo golpe con una gran satisfacción mía y el respectivo gemido por su parte, ajustando mis bombeadas al movimiento de sus caderas para lograr un acoplamiento perfecto por el cual yo tuve una corrida fenomenal y ella una serie de orgasmos en cadena que a punto estuvo de hacerla desfallecer.
Salimos del baño cada uno rumbo a su mesa, ella satisfecha por haberle enseñado a un jovenzuelo todos los secretos del sexo y yo con mi orgullo intacto, dispuesto a leer mi nota frente a todo el curso. Ya no era virgen y tenía las bragas de mi amante húmedas todavía para probarlo.
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