LOS RELATOS

Antes que nada quiero aclarar que este es un relato verídico que comparto con ustedes con la autorización de mi marido y que los nombres los he cambiado por obvias razones.


Pablo (mi marido) y yo (Bertha) nos conocimos cuando contábamos con 23 y 20 años respectivamente. Yo provengo de una familia tradicional donde hablar de sexo son cuestiones que no se discuten, así crecí sin conocer nada de las relaciones hombre-mujer ni de los cambios que, de pronto, me di cuenta que ocurrían en mi cuerpo, lo mismo ocurría en mi forma de vestir, que era con faldas o vestidos por debajo de la rodilla y blusas con botones hasta el cuello. Así es que cuando me hice novia de Pablo, era muy poco lo que sabía respecto a las relaciones carnales y lo que sabía era porque escuchaba pláticas o bien leía alguna revista.


A los 2 años de conocernos Pablo me pidió en matrimonio y nos casamos. El día de la boda me hizo su mujer con mucho más dolor que placer ya que me tomó de una manera brusca quizá por los efectos del alcohol que tenía encima sin preocuparse porque lo que yo sintiera.


Nuestra vida marital transcurría sin más incidentes que, cuando tenía ganas se subía encima, me penetraba durante algunos minutos y eyaculaba, en pocas ocasiones empezaba a sentir gusto por el sexo pero esas ganas se terminaban sin que pudiera sentir un orgasmo.


Con el paso del tiempo mi marido me buscaba menos y me preocupé, hasta que una vecina me dijo que lo había visto con otra mujer saliendo de un hotel. De inmediato supuse que esa era la razón de su abandono a nuestros encuentros sexuales. Cuando llegó lo enfrenté con calma y platicamos, me dijo que era cierto y se justificó diciendo que esa mujer le brindaba placer y que estaba dispuesta a todo para complacerlo. A pesar de todo yo amaba a mi marido por lo que le reclamé el porqué no me había hablado para que yo hiciera lo mismo que esa mujer ya que yo era tan o más mujer que ella.


Quizá aprovechando la ocasión me dijo que si estaba segura de hacer todo lo que él me pidiera, le contesté que sí que haría todo lo que él me dijera para que no buscara fuera de casa lo que yo le podía dar. Yo estaba totalmente dispuesta con tal de conservar nuestra relación en la cual seguíamos sin hijos por decisión de los dos.


Debo mencionar que Pablo labora como empleado en una institución bancaria y que yo estoy empleada como secretaria en una despacho de abogados donde tengo 4 compañeros más, dos hombres y dos mujeres, además del encargado de la limpieza y, desde luego, mi jefe quien tiene aproximadamente 36 años quien si bien no es un adonis si es simpático y agradable.


Aprovecho para describir a los protagonistas de esta anécdota: Pablo, mi marido, tiene actualmente 28 años, es moreno, mide 1.70 metros y pesa 75 kilos; yo tengo 25 años, mido 1:60 metros, peso 55 kilos, mis caderas son anchas en proporción a mi cuerpo y uso brasier talla 36B, mi estómago no es del todo plano pero no tengo panza, es decir, soy delgada y sin ser una belleza de revista mucha gente dice que soy guapa y varias veces en la calle me han dicho piropos muy subidos de tono, como ¡mamacita que buena estás! ¡Que buenas nalgas tienes y las mueves muy rico!


Hubo una ocasión que estando en un centro comercial vi a un joven que venía de frente, cuando llegó a mi apoyó su brazo en mis senos y me dijo, casi al oído ¡mamacita!, cuando me di cuenta ese joven vino a mi otra vez, pero ahora cuando se acercó, su mano derecha fue a dar directamente a mi pecho izquierdo y pellizcó mi pezón muy fuerte, no me dio tiempo a reaccionar sólo sentí dolor y de inmediato una extraña sensación de calor y, no sé por qué, apreté mis piernas para calmarme.


A partir de la plática con mi marido, nuestras relaciones tomaron otro rumbo, hubo más comunicación. Al principio Pablo no se atrevía del todo, pero me empezó a decir que tenía que cambiar mi forma de vestir, subir mis faldas y vestidos arriba de las rodillas (10 centímetros) y dejar suelto un botón de la blusa. A invitación de Pablo fuimos a comprar ropa íntima diferente a la que usaba, compramos pantaletas de corte francés, aquellas que apenas cubren mis nalgas y se entierran en medio de mis glúteos y brasieres con encajes en el área de los pezones.


Cuando cambié mi forma de vestir por fuera, pero sobre todo por dentro, me sentía incómoda y apenada, porque creía que todos me veían con recelo, sin embargo noté de inmediato cómo muchos hombres volteaban a verme y seguían con la mirada el vaivén de mis caderas, lo cual me gustaba por mi vanidad de mujer.


En la cama mi marido me empezó a pedir que hiciera cosas que nunca había hecho, lo primero fue que me puso el pene en mis labios y me dijo que lo chupara, con un tanto de asco lo hice, no me gustaba pero veía que él estaba feliz y eso me satisfacía, también empezamos a practicar varias posturas sexuales, ya no era lo de siempre cuando lo hacíamos en la posición del misionero, ahora me subía las piernas a los hombros, me ponía en 4 patas, me penetraba estando los dos de pie de frente o bien me volteaba. Ahora aguantaba más y me daba placer llegando a experimentar algunos orgasmos.


Hubo un cambio radical en nuestra relaciones, ahora hablábamos al momento de hacer el amor y nos decíamos cosas que nos gustaban, hasta que me confesó que tenía una fantasía y ésta era que yo hiciera el amor con otro hombre, me escandalicé y le dije que eso nunca, ¿cómo era posible que dijera que me amaba y quería que otro hombre me hiciera su mujer? No lo entendía, sin embargo me explicó que era una fantasía y era parte de nuestros juegos, entonces lo comprendí y jugábamos a cumplir su fantasía, después me pedía que le pusiera nombre al supuesto hombre que me cogía.


Dentro de mi calentura sexual le dije el nombre de un vecino, luego de un compadre, hasta que un día le dije el nombre de mi jefe, creo que eso lo excitó mucho porque me cogió como nunca y me pedía que le hablara con el nombre de mi jefe hasta que explotó dentro de mí, sintiendo varios chorros de semen de mis entrañas.


Ahora era mi jefe el hombre que formaba parte de sus fantasías, y debo confesarlo, con el tiempo ya eran nuestras fantasías y cuando hacía el amor con mi marido le hablaba por su nombre y hasta me imaginaba que realmente era mi jefe con quien yo estaba. Cuando terminábamos no decíamos nada, pero con el tiempo le pregunté a mi marido si realmente deseaba que yo tuviera sexo con otra persona, me dijo que si yo lo quería él estaba de acuerdo pero con una condición que no hubiera secretos entre nosotros y le contara todo con detalles, que lo importante era nuestro amor y esto lo fortalecería.


Esto cambió mi forma de ver las cosas en la vida, ahora entendía que Pablo realmente me amaba y deseaba que yo fuera feliz, que experimentara nuevas sensaciones aunque fuera en brazos de otro hombre y me sentía comprometida con él por su confianza, apoyo y amor.


A partir de ese día empecé a ver a mi jefe, que se llama Oscar, de otra manera, ahora lo analizaba como hombre y lo encontraba agradable, atento, siempre sonriente, en el aspecto físico Oscar medía 1.80 metros, delgado, se veía fuerte, espaldas anchas, cintura delgada y sus manos, qué grandes eran, en fin determiné que Oscar me gustaba como hombre y me preguntaba ¿Cómo sería hacer el amor con él?


Pablo y yo con más confianza platicábamos acerca de Oscar y medio en broma y en serio me dijo que lo provocara, le pregunté que cómo debería hacerlo y me dijo que fuera más amable y que platicara más tiempo con él. Así lo hice y me encontré con un hombre casado que no era feliz en su matrimonio por culpa de los prejuicios de su esposa (me recordé a mi misma) a quien no le gustaba el sexo sino era una vez a la semana, por la noche, en una sola posición, con la luz apagada y sin hacer ruido, argumentando que despertaría a sus hijos. Cuando hablamos de mi, le dije que mi esposo era comprensivo y que tenía toda su confianza basada en el amor que nos teníamos.


Cuando le comenté a Pablo sobre la esposa de Oscar, me dijo que definitivamente debería provocar un encuentro sexual entre nosotros. Me instruyó para que ahora usara tangas y en ocasiones no llevara brasier para que se apreciaran mejor mis encantos, nuevamente me sentí incómoda al principio pero después me acostumbré y hasta me sentía excitada al pensar que quien me viera detenidamente se daría cuenta de mis senos iban desnudos y en la parte de abajo sólo tenía una tira de tela en medio de las nalgas y que apenas cubría mi vello púbico, el cual, a sugerencia de Pablo, en ocasiones me rasuraba, así la veces lo traía bien depilado o bien con escaso vello, situación que también me excitaba.


Recuerdo que fueron varios días que sentía ganas de hacer el amor, mi libido se había disparado y ahora sentía que gozaba de mi sensualidad, aunque temerosa debido a que quizá me dejaría coger por quien me lo pidiera, pensamiento que desechaba ya que, me recriminaba, actuaba como una puta caliente.


Para quien no pasó desapercibo el cambio que experimenté en mi vestimenta fue el encargado de la limpieza, quien se llama Juan, un señor de 40 años, de 1.65 metros, fornido sin ser gordo, moreno con una nariz grande y de poco hablar. Y digo que se dio cuenta de mi cambio porque la primera vez que me vio con una falda corta, casi se le cae la baba, no me quitó la vista de encima, durante el día pasaba constantemente por mi lugar y me decía si no se me ofrecía algo mientras sus ojos estaban fijos en mi escote y mis piernas.


Casi a diario me decía que qué guapa estaba, que el vestido o falda que llevaba me sentaba de maravilla, o bien que la blusa era muy bonita, lo que agradecía con una sonrisa porque ¿a qué mujer no le gustan los piropos? Vengan de quien vengan. Cada vez cuando llegaba, cuando me paraba de mi lugar por cualquier cosa o salía de trabajar siempre sentía la mirada penetrante de Juan en mis pechos o bien en mis piernas o nalgas, lo que me causaba cierto nerviosismo, pero trataba de no hacer caso y hasta movía más las nalgas para que viera bien donde se marcaba el elástico de mis pantaletas, debido a lo ajustado de mis pantalones o faldas, me sentía deseada y me calentaba..


Pablo y yo estuvimos planeando el encuentro sexual entre Oscar y yo. Cuando hicimos el plan me calenté mucho y le rogué a mi marido que me hiciera el amor, tuve dos orgasmos, algo fuera de lo común para mi. Me dijo que, para empezar, debería ir sin sostén o bien quitármelo cuando llegara a la oficina, abrirme un botón más de la blusa cuando estuviera frente a él y cuando me sentara en la silla de su despacho me subiera un poco más la falda para que apreciara mejor mis piernas. Cuando me lo decía me sentía nerviosa, cachonda, francamente dispuesta a ofrecerle las nalgas y todo lo que me pidiera.


Escogimos un día miércoles por la tarde, ese día era festivo y saldríamos temprano de trabajar, así es que mi jefe y yo estaríamos solos por la tarde. Cuando desperté en la mañana me sentí nerviosa, acalorada, ansiosa y excitada, me bañé con un jabón perfumado, me rasuré el pubis, cuando me toqué mis labios vaginales sentí una descarga en todo mi cuerpo, me vestí con una falda azul claro entallada arriba de mis rodillas 15 centímetros, una blusa color crema con botones al frente, no utilicé medias, un brasier blanco de encaje en los pezones que los dejaba prácticamente a la vista y unas pantaletas azules pequeñas que por detrás, en mis nalgas, se apreciaba bien un pequeño triángulo y por el frente apenas tapaba mis labios vaginales.


Llegué a trabajar, Juan, como siempre, no se perdió detalle de mi vestimenta y hasta alcancé a escuchar un ¡qué buena estás!, entré a la oficina y moví más mis nalgas sabiendo que me estaba observando y apreciando mis piernas y el triángulo de mis pantaletas en las nalgas. El día pasó sin novedades a la hora de la comida me llamó mi jefe pidiéndome un expediente que debía tramitar al día siguiente muy temprano, para ello tenía que hacer unos oficios y me los iba a dictar, le dije que sí. Cuando entré a su oficina, como me dijo Pablo mi marido, fui rápidamente al sanitario donde me quité el brasier, me subí la falda un poco más y me pellizqué los pezones con fuerza, se irguieron de inmediato, aumentando mi excitación, por lo que cuando entré al despacho iba con la respiración acelerada, en definitiva iba muy caliente.


Entré, me senté frente al escritorio de Oscar subiendo mi falda con lo cual era casi seguro que si Oscar se asomaba y veía mis piernas, también vería mis pantaletas. Me estuvo dictando algunas cuartillas, de reojo veía cómo cada vez más observaba mis senos sueltos dentro de la blusa, además de mis pezones obscuros, parados, empujando la tela hacia el frente. Una vez que terminó, me pidió leer lo que había dictado, así lo hice, mientras leía, se levantó, rodeo el escritorio y se ubicó a mis espaldas, yo continuaba con la lectura, nerviosa, sabiendo que estaba cerca de mí.


Posó sus grandes manos en mis hombros, brinqué por la sorpresa, no dijo nada empezó a masajearlos suavemente, sólo dije: no!, muy débilmente, él contestó: Sssshhhhh!, fue todo lo que dijimos. Dejé de leer, cerré los ojos mientras continúo con su labor, acariciaba mi nuca suave, muy suave, después pasó sus manos a mi cuello, tocó el borde de mi blusa, abrió un botón más, luego otro, hasta abrir la blusa, me la quitó, dejándola en el respaldo de la silla, yo seguía con los ojos cerrados, abandonada a sus caricias, que continuaron ahora en toda mi espalda que arqueaba sin querer.


Al no llevar brasier, sus manos pronto tomaron mis senos, sintió mis pezones erectos entre sus dedos, apretándolos suavemente, primero y más fuerte después, yo emitía unos gemidos cortos por la excitación que no podía ocultar. Me tomó de los brazos, por detrás invitándome a levantarme, me voltee hacia él, nos miramos, sin decir palabra alguna, nos besamos en los labios para luego introducir nuestras lenguas, abrazados, mientras sus manos seguían acariciando mi espalda y mis pezones se tallaban en su pecho, cubierto por la camisa.


Me tomó las manos y las puso en su pecho, las subió al primer botón de su camisa, entendí lo que quería así es que desbotoné la camisa y se la quité. La deposité en la misma silla. Mis manos fueron a acariciar su torso y su espalda, me gustaron los vellos que tenía en el pecho, ahora los dos estábamos desnudos de la cintura arriba sintiendo el calor de nuestros cuerpos. A la vez nuestras manos empezaron a quitar las demás prendas. Desabroché su cinturón y el pantalón, lo fui bajando hasta que llegó el piso. Él por su parte, desabotonó mi falda, corrió el zipper y mi falda, por inercia, quedó depositada en el suelo. Sus manos inquietas acariciaban mis glúteos, subiendo y bajando por mis piernas o bien amasando y pellizcando mis pezones.


Me volví a sentar en la silla, quedando mi cara a la altura de su cintura, bajé sus calzoncillos, de color negro, y grande fue mi sorpresa cuando apareció su pene, totalmente erguido. Era bastante gordo, más grande que el de mi marido, pero lo que me impresionó fue la punta en forma de hongo, la cabeza sobresalía del resto del tallo, hinchada y gruesa. Cuando tomé el pene en mis manos, sentí lo grande y pesado que estaba, inconscientemente, llevada por la lujuria, lo apreté y pude sentir su firmeza y suavidad.


Sus testículos también eran grandes y pesados, llenos de vello púbico, lo llevé a mis labios para besarlo, abriendo mi boca para introducirlo, no me cupo más de la mitad debido a su grosor, por lo que me dediqué a pasar mi lengua por el glande, succionando su instrumento, llenándolo de saliva, mientras mis manos acariciaban sus huevos y sus nalgas. Oscar me tomó de la cabeza para que llevara el ritmo de la mamada que le hacía, levanté la vista, tenía los ojos cerrados y la cabeza inclinada hacia atrás, disfrutando del momento. Mi mano derecha fue a dar a mi entrepierna y me sentí totalmente húmeda, hice a un lado mis pantaletas y mis dedos recorrieron el canal de mi vulva hasta mi ano, la sensación fue de total placer.


Luego me levantó de la silla, me abrazó y besó, juntando nuestros cuerpos cálidos, sintiendo el roce de nuestras pieles. Abrazados y besándonos fuimos al sofá que había en el otro extremo de la oficina, ahí me recostó, con delicadeza tomó el elástico de mis pantaletas y las fue bajando poco a poco, extasiándose con la vista de mi vulva depilada casi por completo, observó mis labios mayores. La última prenda llegó hasta mis pies donde ayudé para que me la quitara, ahora sí estaba desnuda del todo al igual que él.


Su boca besó mis pies, subió por mis pantorrillas, mis piernas, que abrí un poco por instinto. Su lengua lamió mi vulva varias veces, llegando al clítoris, con sus labios lo tomó y lamió de un lado a otro, era la locura, yo gemía y mi respiración era entrecortada, como si acabara de correr. Cuando introdujo su lengua en mi vagina y sus manos estrujaban mis pezones, ya no pude más, tuve un orgasmo y mis fluidos fueron a dar su boca, le sujeté la cabeza en medio de mis piernas para que no se moviera, pero siguió besando mis labios menores, ahora abiertos por sus caricias.


Se movió colocándose encima de mí, abrí mis piernas para recibirlo, tomé en mis manos su duro falo, lo tallé en mi clítoris y lo coloqué en la entrada de mi vagina, pasé mis piernas alrededor de su espalda y con mis talones en sus riñones lo invité a que me penetrara, mis manos ansiosas se posaron en sus nalgas para empujarlo hacia mi. Me encantó sentir el peso del hombre sobre mi humanidad. No se hizo rogar, empezó a meterlo despacio, hizo una pausa, y yo ansiosa lo jalé más para indicarle que lo quería todo adentro.


Empujó y toda su carne estuvo dentro de mi, sentí sus vellos públicos y sus testículos rozarme, tallarse en mi ano y el monte Venus, se quedó quieto unos segundos, luego me bombeó, primero lento pero después su propia calentura y la mía hicieron que fuera más rápido, cada vez más rápido, hasta que otro orgasmo llegaba a mí, éramos como animales, nos dábamos y recibíamos placer de manera descontrolada, una tremenda oleada de placer nos invadió y juntos llegamos al clímax, nuestras respiraciones se mezclaban lo mismo que nuestros jugos, sentí perfectamente su semen caliente, cuando llenaba mis entrañas, varios chorros pegaron contra la pared de mi útero, me abracé muy fuerte a él con brazos y, sobre todo con mis piernas, para evitar que se saliera de mí.


Él también me abrazó con fuerza para fundirnos aún más en el calor de nuestros cuerpos. Nos quedamos quietos, su caliente aliento llegaba a mi cuello y mis senos, mientras nuestras manos seguían acariciando nuestros cuerpos desnudos, desfallecidos. Nos fuimos relajando, su miembro fue saliendo de mi vagina, perdiendo su erección. En mis nalgas corría parte del semen que había depositado en mi interior, me quedé gozando estos momentos.


Se levantó, me tomó de las manos, también me levanté, nos besamos, cuando sonó el teléfono, era su esposa que estaba esperándolo en el auto estacionado en la calle porque, luego me dijo él, habían quedado de ir de compras. Me apresuré a vestirme con la blusa y la falda, no vi mis pantaletas y las dejé, me acicalé lo mejor que pude y desde la puerta le dije en voz alta, ¡hasta mañana licenciado!, él me respondió: ¡hasta mañana, que descanse!


Salí de la oficina fui a mi escritorio, tomé mi bolso para retirarme. En la puerta estaba Juan quien me dijo, de una manera sarcástica: ¡hasta mañana, Bertitha! Me extraño ya que siempre me llamaba Bertha y ahora me dijo Bertitha, no hice caso y salí rumbo a mi casa.


Cuando llegué mi marido me esperaba en la sala, cuando me vio me besó y me preguntó ansioso, ¿Qué pasó? Empecé a contarle todo con lujo de detalles, mientras me besaba y sus manos subieron la falda y fue directo a mi entrepierna, donde palpó y metió dos dedos en mi vagina, entrando con relativa facilidad debido a que todavía conservaba en mi interior restos del semen de Oscar.


Me preguntó: ¿Te gustó, lo gozaste, te hizo rico? Le contesté con un rotundo ¡Sí!, fuimos al dormitorio donde me desnudó y me penetró sin preámbulos, me taladró hasta que también sentí su semen caliente en el interior de mi vagina. Se notaba que le excitó todo lo que le conté porque se puso como loco, me desnudó, me penetró, en la posición de misionero. Sus embestidas eras muy fuertes, golpeando mis nalgas con fuerza hasta que eyaculó en mi interior. Estaba realmente excitado.


Una vez que nos calmamos, confirmamos que nuestro amor era más grande que la infidelidad y que no habría problemas de celos porque esto era para fortalecer nuestra relación. De pronto le pregunté: Oye Pablo ¿y si quedo embarazada? ¿Qué va a pasar? Él me contestó: No te preocupes, no creo que pase pero si llegaras a quedar encinta, no te preocupes, será nuestro hijo, lo criaremos y educaremos juntos.


¡Cómo no querer a un hombre así! Lo abracé, cerré mis ojos dispuesta a dormir, aunque inquieta ya que no quería quedar embarazada de ningún hombre que no fuera mi marido, pero yo no me cuidaba y hoy no fue la excepción, por lo que el riesgo de un embarazo estaba latente.

RELATO DE REGALO