COMPLACIENDO A BEATRIZ

Hace unos diez años atrás, un amigo recomendó mis servicios profesionales a una ex compañera de trabajo suya, que requería de la asistencia de un abogado especializado en derecho de familia.

Tomando un café, Antonio me comentó que una señora, quien había trabajado con él en la oficina de finanzas de una empresa exportadora, le pidió mi teléfono, ya que Antonio le había comentado que un amigo de su infancia era un buen abogado de familia.

Así la cosas, una tarde, mientras estaba en mi despacho estudiando un caso, mi secretaria me pasó con una señora de nombre Beatriz, quien me llamaba de parte de Antonio.

La atendí en forma inmediata y tuve mi primera y grata sorpresa al escuchar una voz grave y sensual del otro lado del teléfono.

Concertamos una reunión para el día siguiente, a primeras horas de la noche, ya que, sin perjuicio de que mi agenda estaba bastante completa, me había intrigado la portadora de esa voluptuosa voz.

Ese miércoles, puntualmente a las 20,00 hs, Beatriz se anunció en la recepción, mi asistente la hizo pasar a la sala de visitas y le pidió aguardara unos instantes hasta que yo llegara, luego, en razón de que había culminado su horario de trabajo, mi secretaria se retiró, quedando en el despacho la cliente y yo.

Cuando entré en la sala de visitas, el asombro de la misteriosa voz, se confirmó ante la presencia de una soberbia mujer, de unos 48 o 50 años de edad.

Estaba vestida con un traje azul marino ajustado, compuesto por una falda hasta la rodilla pero con dos tajos, a ambos lados de las piernas que permitían ver los flancos. La chaqueta era corta, apenas tapaba su blusa de gasa blanca translucida.

Era tan interesante lo que tapaba como lo que se vislumbraba debajo de la blusa, un sostén con puntillas que sostenían un par de imponentes senos y dejaban ver el inicio de unas aureolas oscuras. Más abajo unas piernas torneadas y carnosas, cubiertas por medias de seda con liguero, pues a través de los tajos de la falda se dejaba ver la parte final de las medias.

A pesar de la diferencia de edad, Beatriz era alrededor de veinte años mayor que yo, mi potencial cliente me provocó un marcado interés sexual que se me tradujo en paulatina erección.

Comenzó la charla con la bella dama, contándome que hacía veinticinco años que estaba casada, que tenía dos hijos ya mayores de edad, que ha largos años que su marido le era indiferente, pero que el descubrimiento de la relación que su esposo mantenía con una joven mujer, la hizo recapacitar y decidir que quería divorciarse.

La puse al tanto de las dificultades probatorias de la infidelidad, de la prolongación de los divorcios contradictorios, de los costos del proceso, de las consecuencias de la sentencia sobre los alimentos, los bienes, etc.

Beatriz estaba tensa, con ojos húmedos, realmente perturbada por el hecho de contar a un extraño los desaguisados de su vida personal, todo lo cual la hizo irrumpir en llanto.

Me levanté, me dirigí a la cocina del estudio y traje dos vasos de whisky, le dije que tomara un trago para calmarse, que le haría bien, bebió un poco de su vaso, continuaba llorando e, instintivamente, tomé sus manos en señal de apoyo.

Me miró a los ojos, me agradeció y, creo que maquinalmente también, sin percatarse que era yo un joven abogado al cual acababa de conocer, acarició mi mejilla

Cuando acercó su mano a mi cara se la besé sin decir palabra y silenciosamente también me incliné hacia ella y le di un beso en los labios. No retiró su cara y me retribuyó el beso, labio con labio permanecieron juntos unos instantes, con las bocas semiabiertas.

La conmoción del momento, el efecto del alcohol, la soledad en la que nos encontrábamos, provocaron que, ya deliberadamente, introdujera mi lengua en su boca. Beatriz se detuvo por un momento, se apartó, no hizo comentario alguno, se volvió a acercar y fue ella quien entonces metió su lengua desesperadamente buscando la mía. Mientras tanto, con sus manos acariciaba mi cara, las bajaba por mi cuello y mimaba mi pecho.

Nos pusimos ambos de pie, acercamos los cuerpos y sentí el calor de una hembra necesitada de la atención de un hombre.

Comencé a besar su cuello, lamía sus orejas y sentía el jadeo de Beatriz, su respiración cortada, los latidos de su corazón. Por arriba de la ropa magreaba sus tetas, deslizaba las manos hacia sus nalgas y empujaba su pubis contra el mío, para hacerle sentir el tacto de mi poronga.

La excitación nos ganó por completo así que torpemente le quité la chaqueta, la blusa y la falda, dejándola en interiores, disfrutando con mi vista, con mi tacto, con mi gusto y con mi olfato de una hembra hambrienta.

Cuando le quité el sostén y dejé caer sus tetas, me quedé maravillado, a pesar de su edad y de haber amamantado a dos hijos, las tenía grandes y bastante sostenidas, pero lo más maravilloso eran sus aureolas rosadas y unos pezones duros y gordos del tamaño de un poroto que succioné y mordí con fuerza, causando gritos de placer y de dolor de mi amante ocasional.

Luego de una buen chupada de tetas, lamí su barriga, casi lisa, le introduje la lengua en el ombligo y lo llené de saliva caliente y espesa, con la lengua como pincel, bajé por las ingles y sin quitarle el calzón de encaje que llevaba, levanté el elástico y acaricié el monte de Venus, cubierto por una pelambre humedecida, hallé la raja y le pasé la punta del dedo, respondiendo con un quejido, con un ronrón de gata en celo.

Con dos dedos en pinza jugué con los labios de su concha ansiosa, introduciéndolos en su raja, lo que provocó un nueve murmullo de satisfacción.

Le quité las bragas, la tumbé boca arriba sobre el sofá donde había estado previamente sentada, me arrodillé, levanté ambas piernas y me dediqué a comerle el chocho con dedicación y esmero.

“Ahhhhhh…ahhhhhhh…siiíiiiiiiiiiii…chupame la argollaaaaaa, si cométela todaaaaaaa” gemía y lloraba Beatriz, “Ahhh, cuanto tiempo que no me comían la conchita, turroooooo” continuaba.

Mientras le lamía el clítoris, percibía un aroma de hembra cachonda y degustaba un flujo exquisito, que hacía que mi pinga estuviera a punto de reventar, pero quería satisfacerla primero a ella, hacía que seguí lamiendo esa delicia con perseverancia, Beatriz me tomó de mis orejas y jaló de ellas hacia delante, como queriendo meter toda mi cabeza en su concha, sentí como se contraía y gritó “uyyyyyyyyyy, Ahhhhhhhhhhhhhhhhh” y sus flujos inundaron mi cara, dejándola pringada de un jugo denso y pringoso.

Me puse de pie, con los ojos inyectados en sangre, la boca abierta, y la poronga caliente, dura, jugosa.

Beatriz me bajó el bóxer de un tirón y dejó la pija apuntando al cielo, exclamando: “Mmmmmmmm que pedazo de pija… y comenzó a pasarle la lengua, como disfrutando un helado de chocolate y crema. Tal era la gula con que chupaba que la boca se le llenó de saliva, que esparció generosamente por mi palo, sintiendo el líquido espeso y cálido bajar por mi tronco. Luego se metió, no sin un poco de dificultad dado el diámetro, la cabeza en la boca, y ocultando los dientes para no dañarme, apretó con ganas el glande mientras con la punta de la lengua seguía chupando el capullo.

Luego se comenzó a meter toda la pija en la boca, con fuerza y velocidad, como cogiéndome con ella, tal era su vehemencia que tuvo dos o tres arcadas cuando la punta de la chota se acercó a la glotis, pero seguía comiéndome la verga con maestría: “aggggghhhhh….gluppppp….quemmmmm ricaaaaaa esstaaaa la poronnngaaaa” me decía haciendo alardes de mala educación, al hablar con la boca llena.

Estaba por acabar y le hice saber, se sacó la verga de la boca y pensé que acabaría en el vacío, pero me dijo “dejame que me quiero tomar toda la lechita”, se la metió de un solo empellón en la boca, apretó mis huevos y le eché cuatro lechazos interminables que tragó casi por completo, llenándose los ojos de lágrimas y derramando el resto del semen por sus comisuras.

Con la punta de la lengua recogió el resto de la leche que no había podido tragar y abriendo la boca me la exhibió antes de tragársela.

Alucinaba con la imagen, lo que hizo que la pistola no perdiera por completo su rigidez.

La puse de pie, la giré apretándola por la espalda y pintando con la punta de mi verga sus nalgas y la raya de su culo, hice que se inclinara hacia delante y se asiera de los brazos del sofá, dejando a la vista un culo blanco, redondo y carnoso.

Me puse de hinojos y comencé a lamerle las nalgas hasta alcanzar el agujero de su culo, marrón y arrugado. Escupí su ojete para lubricarlo y comencé a jugar con mi dedo pulgar en el agujero de su culo. Hice presión hasta que sentí como su marróncito iba cediendo.

“Ahhhhhh, siiiiii, ¿que me haces hijo de puta?, ¿querés que te de el culito?, mmmm?”

Sus palabras aún me encendieron más, pero temí que si en ese momento intentaba sodomizarla el dolor iba impedir que la culeara debidamente, de modo que le acerque dos dedos a su boca, los refregué por su encía y los mojó convenientemente, luego se los apoyé en el ojete y se los introduje lentamente, sintiendo como se los iba tragando.

Con esos dos dedos en el orto hice un movimiento de introducción y salida acompasado, que era bien recibido por Beatriz, quien daba pequeños alaridos de placer. Saqué ambos dedos y observé como el ojete estaba debidamente dilatado.

Acerqué la pija a su boca y le pedía que la lamiera, depositándole abundante saliva, luego escupí el ojo del culo y encontrándose ambos acoples debidamente lubricados, apoyé la punta de la chota en la entrada de su culo e hice una leve presión, notando como su culo cedía paso a mi ariete.

Veía como se le iba enterrando la cabeza de la chota en el orto y la lascivia se apoderó de mí, de modo tal que de un empujón le enterré todo el largo y el grosor de una verga ardiente y sedienta.

“Ayyyyyyyyyyyyyyyyyyyyy…...hijoputaaaaaaaaaa… ¿que me hiciste?” gritó y pensé que todo se derrumbaba pero lejos de zafarse empujó el culo hacia atrás y luego hacia delante, comenzando un compás de va y viene primero lento y luego más frenéticamente.

Me agaché sobre ella y la tomé de las tetas y comencé a pellizcarle los pezones, provocando sus gritos de placer, eran gruñidos de un animal satisfecho. Luego bajé una mano y palpé su clítoris, henchido y caliente y comencé a refregarlo en círculos. El despacho se inundó de un olor a sexo salvaje, a saliva, a sudor, a flujos y a semen que nos envolvía y nos incendiaba.

Tenía tan metido mi choto en su culo que no se podía distinguir donde terminaba uno y empezaba el otro.

Cuando sentí que me venía aceleré el compás, metí dos dedos en su concha, y la cogí con mi mano también y ambos acabamos a la vez, explotamos en un orgasmo interminable, en una catarata de semen y flujos hirvientes, que llenaron sus entrañas y mojaron mi mano, cayendo por las piernas hasta el piso, donde exhaustos, también caímos nosotros.

Ese fue el inicio de una ardiente relación y de, hasta hoy, interminables encuentros sexuales frenéticos que se verifican en mi oficina, en su casa, en el auto, en el ascensor de ambos edificios y en cuanto lugar tengamos para dar rienda suelta a nuestros sentidos.

RELATO DE REGALO